“De Tejupilco se ha hablado mucho o no se ha escuchado nada”, escribe el autor de la siguiente crónica, quien nos lleva de la mano por un detallado, paciente y delicioso recorrido a través de este pintoresco y popular poblado, con forma de alacrán, localizado en plena tierra caliente del país. Si lo conocen, lo reconocerán y si nunca han ido, les darán ganas luego de leer lo que el autor nos cuenta y describe.

 

Francisco Jacob Gómez Contreras

 

 

He de confesar fácilmente que

hay en la república de utopía,

muchas cosas que desearía

ver en las ciudades nuestras.

TOMÁS MORO.

 

 

 

 

Tejupilco de Hidalgo o San Pedro Tejupilco

 

Si vienes de Toluca y vas para Zihuatanejo, por la delgada carretera llena de curvas pronunciadas, en el kilómetro noventa y cinco aproximadamente, notarás virando del lado izquierdo un poblado pintoresco con forma de alacrán, un pueblito rodeado de vasta vegetación, resguardado por sendas montañas, su nombre es Tejupilco; de topónimo Texopilli que significa “lugar en el dedo gordo del pie”; en tierra caliente se encuentra esta gema de un rojizo especial, un efecto visual que se provoca cuando la luz solar le pega recién iniciada el alba a las casitas de teja y a las muchas callecitas de terrecería que lo conforman.

 

De Tejupilco se ha hablado mucho o no se ha escuchado nada, porque de aquí era la mujer de Pedro Asencio; porque aquí estuvo presa en la cárcel Leona Vicario; porque aquí está enterrado el tesoro de Emiliano Zapata; pero quizás la única efeméride comprobada históricamente es que Tejupilco es tierra de Hidalgos, dado que Don Cristóbal Hidalgo, el padre de don Miguel Hidalgo, nació en “Las Juntas”, uno de los doce barrios que conforman el pueblo y donde se dice que Don Miguel Hidalgo disfrutaba de su niñez al lado de su padres; los otros barrios restantes son: en segundo lugar, el barrio de Zacatepec, donde están los cañaverales, la gasolinería,  la escuela normal, el rastro y la salida para Arcelia Guerrero; el tercero es el barrio del “Llano”, donde está el panteón y la pista del primer avión que aterrizo;  el cuarto es el barrio del “Calvario”, también da nombre al cerro donde suben los penitentes en Semana Santa, encapuchados y martirizándose; el quinto es el barrio de los “Orozcos”; aquí es donde está la preparatoria regional; el sexto el barrio es el de los “Ñáñaras”; aquí es donde están los billares y las cantinas; el séptimo es el barrio de la “Cadena”, que está en el filo del cerro del mismo nombre: aquí están las clínicas de salud particulares; el octavo es el barrio del “Rincón de Aguirre”: ahí está la unidad deportiva, el auditorio municipal y es zona de escuelas; el noveno barrio es el “Rincón de Jaimes”: ahí están las clínicas del gobierno y la salida a Zihuatanejo; el décimo barrio es el “Rincón de López”: ahí está la terminal del transporte urbano; el undécimo barrio es el “Centro”, el más populoso: ahí está la presidencia de municipal, el zócalo, la iglesia de San Pedro, los bancos, los centros comerciales, y por último el barrio de “San Simón”. El de la entrada, donde está la comisión de luz, la zona de restaurantes y la iglesia con el mismo nombre, a dónde está adscrita mi calle, denominada como “el antiguo camino a Toluca”, -ahora llamada también Juárez-, el barrio de San Simón es en realidad un micro pueblo; parafraseando al historiador Luis González y González: San Simón es mi matria.

 

El recorrido

 

San Simón nace en una orilla: en la primera glorieta, la de Zapata. Otros dicen que no, que su origen se da después del arco de bienvenida a Tejupilco, en la cuchilla donde está la estatua de Hidalgo, yo concuerdo con esta segunda idea, dado que todavía está el viejo letrero de azulejos rotos donde se alcanza a leer: pueblo San Simón, San judas Tadeo.

 

La aventura inicia, en la calle Juárez, también nombrada el antiguo camino a Toluca, con una temperatura sofocante de más de 40 grados, el aire lo respiro cálido y cala, cala, y sigue calando mucho, quizá más por el reflejo de los rayos entre las piedras acomodadas uniformemente, piedras de río llevadas a mano por los ancestros, que dieron forma a la calle; lo que me hace verla como más larga y como que no le veo fin, como que es un caleidoscopio con cuentas de vidrio, pero iluminado por los rayos del sol, así se ve cuando salgo de mi casa; ya que camino en ella, como que se aleja y yo busco acercarme, pero como que me veo imposibilitado, tal parece que son los engaños que me juega la mente: es el calor que te ataranta.

 

Hay requisitos para caminarla y sobre todo para disfrutarla, porque al llegar a su final, este será también tu destino: un galardón grandioso llamado “el dorado”. El primer requisito es estar a la usanza; a mí, por precaución, me acompañan de entrada mi sombrero de hojas de palma y cintilla negra, ancho a modo de mi cabeza, de ochenta vueltas para cubrir mi cenit, no es por hombría, ni tradición, se requiere si quieres que el fresco se mantenga, si quieres que tu frente no te sude y el sudor baje hasta los ojos. Por otro lado, y para el cierre de comodidad — y no desmostando el que vallan por el suelo— me acompañan adheridos a los pies mis huaraches de piel con correa, reforzados con grapas a una suela de llanta, les dan frescura a mi caminar, ellos hacen contacto directo con la historia, mejorando con la talonera el equilibrio y la seguridad de quien los porta.

 

Al entrar a la calle, y desde el inicio, sabrás de inmediato que es una bajada, lo cual dará confianza a la zancada, el ambiente rural será notorio y pensarás que estás atrapado en el pasado, ya que te encontrarás jinetes montados en su caballo y te darán los buenos días, al mirar en ambos lados podrás ver grandes extensiones de terreno y contadas casitas donde hay familias que se dedican a la agricultura y al campo: arán con la yunta ayudados por un par de bueyes; podrás mirar cómo los hombres están armando el yugo para sembrar y posteriormente limpiar el terreno quitando la hierba con la tarecua, usando el machete para cortar el pasto y la talacha para escardar los cardos más pequeños; las mujeres están desgranando las mazorcas para posteriormente guardar la cosecha adecuadamente en la troja; muy a lo lejos podrás observar —como puntos diminutos— a rebañitos de chivos y algunas vacas.

 

Al ir internándote notarás que los espacios rurales se van transformando, que las casas empezarán a surgir y sus bardas estarán a ras de la banqueta: casonas antiguas muy altas, de adobe y con techo de teja, a dos aguas, con corredor en frente y paredes pintadas de blanco, soportada por fuertes pilares de madera, donde están amarradas grandes hamacas que invitan al descanso en la parte trasera de la casa, se alcanzara a visualizar una hermosa huerta con muchos tamarindos, guayabos, limos, naranjos y limones.

 

De pronto te das cuenta que la calle se ensancha, tal pareciera que estás en una plazuela, se observa a la distancia un jardín de flores variadas de: alcatraces, rosas, margaritas, entre otras; con su impresionante fuente de cantera y al fondo la iglesia de San Simón, hecha a pura piedra labrada, muy concurrida en la misa de los domingos y muy solicitada para bodas, es cien años más vieja que la de San Pedro, en el barrio Centro de Tejupilco; antes a su alrededor estaba un antiguo panteón, hoy inexistente, a razón de ello hay grandes historias de aparecidos que se escuchan todavía entre los vecinos.

 

Afuera de ella, en frente, se encuentra el mercadito: es una tradición la de asistir acompañando, ya sea por la madre o por la esposa, el recorrer los puestos y el escuchar a los puesteros ofrecer los más diversos productos, desde la fruta regional hasta la traída de otras localidades, el ver la gallina tirada y amarrada para ser truequeada, las carnes de res y de puerco colgando de los viejos entarimados de madera, los vendedores de lácteos y de todos sus derivados: queso, requesón y crema; los cereales agrupados en cajones para ser medidos en cuartillos.

 

Por otro lado, el mirar los puestos de ropa y muebles rústicos, las curiosidades infantiles: juguetes de plástico y loterías que atraen a los niños por su multiplicidad de colores, el hombre que grita llamativamente para que te acerques porque él puede curarte de tus males con hierbas y remedios; el vendedor de los cerillos o dientes de ajo, los de las carretillas con jitomates y aguacates más baratos, machetes y molcajetes que engalanan lo artesano, lo pueblerino, lo bello de los mercados.

 

Después de esta escala seguimos la avanzada; el número de casas se amplia y se derivan en nuevas bifurcaciones de nobeles calles: La Sierra de Ixtlán, La Constitución, La Leyes de reforma… estamos entrando a la zona de restaurantes y comida típica, aparecen los puestos de pancita y carnitas listos para ser visitados y para darle honra al buen apetito de la mañana; el restaurante obligado para la escala es el “Mesón del viejo”, una casona del siglo XVIII con un amplio patio interior y grandes espacios que conservan la arquitectura de antaño; destacan sus limpios manteles adornando las mesas; en las esquinas, recargados, hay vitroleros de aguas frescas con diferentes sabores y licores variados adentro de grandes tecomates, los cuales invitan a mitigar la sed; como cortesía de entrada las mujeres están ofreciendo antojitos con frijoles refritos y queso de prensa que llevan en sus manos.

 

Su cocina es muy popular en toda la tierra caliente, en ella se ven combinadas fragancias de moles rojos y verdes, chimpa de guajolote con sus tamales nejos, consomé de iguana y puerco en barbacoa que se funden al calor de las brasas. En otro escenario se puede observar con antojo cómo preparan el maíz y el nixtamal para hacer las tortillas a mano, los tlascales y toqueres y cómo vibran en el comal avisando que están listos para irse al chiquihuite y de ahí trasladarse a tu mesa. Hay una agradable atención: comiendo y degustando, viendo los bailables típicos o escuchando los sonidos de los alegres gustos guerrerenses encima de las tarimas; el juego de pies y manos logran que no se sienta el paso de las horas.

 

Satisfechos por la estancia emprendemos de nuevo el camino, cruzamos el río por un puente que deriva en más casas donde se empiezan a mezclar en sus diseños la modernidad; ya estamos en la zona de las panaderías, mi favorita: “la Esperanza”, aquí el pan es hecho en horno de barro y cocido con leña, el horno lo prenden desde las tres de la mañana y no terminan de sacar pan hasta las doce del mediodía; utilizan para las mezclas en sus harinas manteca de puerco, canelas y azúcares especiales, sacando primero el pan de dulce, las coronas, las chilindrinas, los gusanitos, las chuquitanas y los plomos, para sacar en un segundo momento el pan de sal, las pelucas y los siciriscos; ya para finalizar el pan estrella de la región: las famosas “finas” de Tejupilco.

 

La frontera está cerca y el barrio “Centro” se avecina, esto nos confirma la llegada a nuestra última escala: hay un crucero con semáforo, es el último semáforo del Estado de México, camino hacia Guerrero y Michoacán, nos indica que se da la ruptura del antiguo camino a Toluca; hay un cruce al frente: la naciente calle independencia; viro a la derecha, estoy todavía en el barrio de “San Simón”, llegué al “Dorado”, la última parada; en el portal norte están presentes los puestos de cadenas, arracadas y esclavas de oro puro, uno a uno los vendedores exhiben sus mercancías colgadas de las pequeñas maderas: las cadenitas reluciendo su belleza y clavadas en un paño rojo, están también las medallas y aretes con figuritas de elefantes y tortugas; hay anillos con piedrecillas rojas, negras y blancas, de todos los tamaños, quilates y precios, son para lo religioso o lo pagano, hay para los ricos y hay para los pobres, hay para la esposa, hay para la prometida y por si su merced lo requiere, para alguna buena amiga… hay para gustos refinados y para gustos exóticos o alocados.

 

Este es el “Dorado”, donde termina mi barrio, “San Simón”, en mi pueblo: Tejupilco, en el Estado de México. Aquí surgen las crónicas, no solo de hoy, sino desde un pretérito lejano, crónicas de la Colonia, de la Reforma, de la época de Don Porfirio, de la Revolución, de la época moderna, de la actualidad, de la pandemia y donde quizás, si el gran Tomás Moro las hubiera leído diría con mucha seguridad que San Simón, Tejupilco, es la matria más cercana a su república de utopía.