Un recuerdo que suena a mar. No Hilda nos regala esta crónica cadenciosa, con un ritmo que pareciera imitar al de las olas del mar y con una potencia como las de aquellas grandes olas que rompen la cresta justo antes de llegar a la playa. Llena de imágenes potentes y frases maravillosas como esta: «todo empieza con el agua. Ojalá todo se acabara también con ella.

 

No Hilda

Foto de Saulius Sutkus, vía Unsplash.

 

Inmersión.

La mano de mi tía se siente caliente y tiene muchas arrugas. Siempre que estoy nerviosa me fijo en los detalles. Siempre estoy nerviosa. Me dice que me quite los zapatos y a pesar de que tengo miedo, la obedezco. Pienso que es normal tenerle más miedo a mi madre que al monstruo, porque el monstruo me puede matar y mi madre me mirará feo durante horas. Los zapatos de mi tía están olvidados en el carro, media hora antes de llegar ya se los había quitado. Me cuesta avanzar, es como si la arena sujetara mis pies como la mano de mi tía, pero la arena quiere impedir algo. Mi tía se ríe para no caer, sus carcajadas parecen alas. Aguanto la respiración para que el agua no haga de mi cuerpo su casa, pero es inútil.

 

Trayecto.

Mi estómago está revuelto desde la primera cuadra recorrida, viajar con mis padres es el peor encierro. Con mucha nostalgia veo mi casa quedarse atrás, siento que nunca volveré a verla —al menos no igual—. Vamos a rezar, dice siempre mi madre. Rezamos en el camino, en la casa, en el templo, en las fiestas y en las tormentas. A veces yo no rezo, solamente muevo la boca y pronuncio con fuerza únicamente los sonidos de la ‘s’. El siseo que sale de mi boca con el Padre nuestro parece un jazz magistralmente ejecutado. S,s-s, Ss,s,s. Cuando estoy nerviosa juego a no pisar las grietas de la calle, pero cuando vamos en la camioneta es imposible. Me invento un juego con los cables de la luz: cuando se crucen, quizá me muera. Mantengo la vista fija en la ventanilla para saber cuando voy a morirme, es mejor saberlo.

 

Olor.

Puedo oler lo que veo. Antes de llegar al mar mi padre no se cansa de señalar el agua sacando el brazo por la ventanilla y a causa de unas ansias marítimas, en un alto se quita la camisa de manga larga para quedarse vestido con un trapo que mi madre dice que eso ya no es camiseta interior y que si llegando no lo tira a la basura lo hará ella, luego le dice que si no le da vergüenza andar así como la gente corriente y mi padre la ignora señalando de nuevo el mar. A ella no le importa que todos la ignoremos y luego de que mi tía contara la vez que se iba a ahogar y su papá la rescató, mi madre sentencia que no nos dejará acercarnos solos al mar como para asegurarse de que con eso no la ignoraremos. Mi madre está molesta porque no le gusta salir. Todos los monstruos apestan, el mar es el más apestoso de ellos.

 

Palabras.

Mi madre platica con mi abuela y yo observo al monstruo pensando que ella no se está dando cuenta, no lo veas tanto porque se te van a secar los ojos, me dice tratando de evitar el contacto. Yo quería ver cuánto aguantaba con los ojos secos. Mi padre se da cuenta de mi hipnosis y me dice que vayamos, que no tenga miedo, que él no me soltará. Mi madre me cubre de bloqueador después de que mi padre le dijera que para eso habíamos ido, que me dejara ir. El agua fría me entrecorta la respiración, así se ha de sentir morir. La piel roja de mi padre entibia un poco el agua que hay entre nosotros, te voy a enseñar a nadar dice, pero nunca lo hace. Cuando las olas me llegan hasta el cuello quiero salirme y lloro de miedo. Descubro que el mar sabe a muchas lágrimas. Mi padre me deja jugando en la arena y por primera vez lejos de las palabras de mi madre escucho un silencio cobijado por las olas. El monstruo que ondea no puede hablar, ha hundido todas las palabras.

 

Humedad.

Todo empieza con el agua. Ojalá todo se acabara también con ella. Por la noche la humedad del aire no me deja respirar, intento inhalar con todas mis fuerzas, pero solo entra calor expandido. El monstruo vive también en el aire, pequeñas partículas de mar ya se han alojado en mis pulmones, quiero ir a verlo de cerca, en la noche, pero no me atrevo. Me asomo por la ventana para ver cómo es y tiemblo de horror: nunca duerme. La cara de mi madre es fea cuando está dormida, me alegra verla así, más vulnerable que yo, pero también me da culpa que me de alegría. Su boca abierta con las comisuras hacia abajo parece esos huecos de donde salen los cangrejos y luego llega una ola y lo tapa. El mar tapa todos los huecos. Mis tías se fueron al malecón y yo no pude ir porque eso no era para niñas. Nada es para niñas.

 

Mareo.

Apenas nos bajamos de la camioneta, mi tía toma mi mano y me jala con fuerza: córrele, vamos a ser las primeras. Las olas me llegan hasta las rodillas y me atraen con furia ciega, ese primer mareo nunca podré olvidarlo. Vente, yo te agarro, me dice, yo pienso que si nos ahogamos no hay ningún papá cerca que nos ayude, no quiero seguirla, pero lo hago. Me dejo ir. Estuve en el mar cinco terribles minutos, luego mi madre me llamó para que me cambiara, para que me pusiera sandalias, para que me peinara, para que me sentara junto a ella, donde me pudiera ver; estuve con mi madre años aún más terribles. Un día después los ojos me ardían y me daban comezón, ya se me estaban secando. Por la noche mi madre compró gotas humectantes y me puso dos en cada ojo.

 

Escucha.

Guardé muchos caracoles para escuchar al monstruo. Como tentáculos, el sonido se metía a mi oído, se enganchaba y no podía alejar los caracoles de mi cabeza. Mi oreja es un caracol. El monstruo habla con cadencia, son eses pequeñas y grandes SSSssssSSSssss… El monstruo está rezando, en un idioma que yo conozco; una oración que he aprendido.

 

Madre.

Una mujer me grita desde la playa y mi madre me tranquiliza. Tengo mucho miedo. Tengo miedo de que me haga daño. Mi madre me abraza, me rodea. La mujer se acerca caminando torpemente por la arena, me mira fijamente con enojo y me dice con su mirada, sin palabras que yo le he quitado algo y mi madre, también sin palabras, la calla gritando más fuerte que ella: SSSssssSSSssss… La mujer me toma de la mano y me sube al carro, me sacude la arena, me da mis zapatos y me dice que me los ponga, que es hora de irnos. Mi madre, tan paciente como inmensa me mira y con su ritmo inconfundible me dice que me esperará siempre, su abrazo lleno de espuma no se me irá de la piel nunca. Saco la lengua de molusco gigante y la paso sobre mi brazo para recordar el sabor salado de mi madre. La mujer me mira desde el retrovisor y yo ignoro lo que dice. Volteo hacia atrás y el oleaje me despide. Desde ese día el mar dejó de ser un monstruo y pasó a ser mi madre.