Este breve texto lleno de imágenes, de recuerdos y amor, ha sido bien trenzado por su autora, quien así logra entrelazar las palabras para crear un recuerdo tan firme, como lo eran esas trenzas hechas por su abuela.

 

Priscila Macías

Foto de Tamara Bellis vía Unsplash

 

Se sabe que no hay trenzas sin tres partes, nosotras éramos tres y vivíamos trenzadas. Como acto de gala antes de dormir, mi abuela arrastraba su silla de bejuco amarillo al pie de la cama, se levantaba tres dedos sobre la rodilla las enaguas y echaba en un suspiro su cuerpo al borde del asiento.

Blanca, mi hermana, danzaba de puntitas apurando su paso mientras se descolocaba el cabello que -como hilos de miel- se enredaban entre sus largos y finos dedos manchados de acuarela azul, para ser la primera en acercarse al regazo. Dos, tres y hasta cuatro tirones para desenredar y el jugo de medio limón para no dejar rastros de rebeldía y trenzar como su abuela Lupe le enseñó.

El ritual implicaba, además, apretar y no soltar, seguir trenzando y entrelazar listones para decorar y abrazar al cabello inquieto, como mis ansias de leer a deshoras: trenzar, mechón, apretar, trenzar, mechón, apretar. Cada vuelta de listón siempre era una nueva historia de abandono, golpes e ignorancia padecida, de las mujeres a las que les heredamos el arte de trenzarse en la vida.

Pero en esta familia no había noche que superase al nudo ciego de los listones que, como cuentas de un rosario, los ataba, ni años que no cumplieran el apretar y no soltar, porque lapidariamente cada que nos trenzaba desde la raíz, nos enunció la vida que nos deseaba: “no dejen de estudiar, no sean como yo, que no conocí ni la O por lo redondo”.

Con la trenza apretada y el ceño estirado, me bastaba una palmadita en el hombro para urgirme a leer en voz alta las deshilachadas hojas del libro de oraciones, porque nos maternó en la lengua de la fe, entre letanías que su memoria soltó con el paso de la vida.

Se inclinaba al buró, acurrucaba una vela encendida entre las manos que noche a noche le traía el recuerdo entrecortado de su madre, quien la trenzó en amor hasta antes de los nueve años de edad, porque allá en el pueblo se decía que, a Angelita, el último suspiro la alcanzó.