Todos tenemos historias que nos remiten a ciertos platos de comida en específico, preparados por nuestras madres o nuestras abuelas. No hay nada más evocativo que el poder del gusto, que nos transporta de inmediato a lugares, a momentos e, incluso, es capaz de llevarnos a recrear escenas e historias como la que aquí se narra.

 

Rosy Muñoz

Alguna vez escuché que el olfato es capaz de detectar olores de hace muchísimos años. Cuando comienzo a oler que están cocinando sopa de fideo, ya estoy viajando al pasado: en un segundo me encuentro en la cocina de mi abuela.

No sé porque extraña razón, cuando en casa mi mamá nos hacía sopa de fideo, no me sabía igual. Yo quería llegar al plato fuerte: la carnita. Sin importar la edad, siempre me comía la sopa con un montón de gusto y amor allá en Celaya (de donde era mi abuela). Recuerdo claramente que al tener unos 16 años -más o menos- y llegar entumida por el viaje de poco más de cuatro horas en camión, el olor que me recibía al cruzar el portón blanco de la entrada me hacía sentir tranquila, era como si el tiempo se hubiera detenido; la calma, ahí, en ese sitio, existía.

Era felicidad pura llegar y ver a mi abuela. Muchas veces he escrito de ella: todo un personaje. Le admiraba tanto, principalmente esa desfachatez con la que se manejaba, al menos los últimos años de su vida. Hacía calor y la vi al fondo de la casa, junto al árbol de limón del que ya no hay vestigio alguno. No traía playera, solo su brasier, decía que no aguantaba el calor, tenía a mi abuelo echándole aire. Guardo una gran cantidad de aromas de ella: olía a… perfume olvidado, a calor contenido y a viejita mandona. Ella sí que fue una contadora de historias nata, platicaba de cualquier tema, su opinión no se debatía, era mejor reír con sus puntos de vista y contemplarla.

Ya en la cocina, en cuanto me sirvió mi plato de sopa aguada -como le dicen las mamás- se sentó frente a mí, puso los codos sobre la mesa, entrelazó sus manos y resaltaban sus uñas impecables pintadas de rojo. Le encantaba ese color intenso en las uñas, podía estar desarreglada, pero sus manos jamás lo estaban. «A ver ¿cómo está tu mamá, por qué no te la trajiste?»… iniciaba lo que sería una tarde entrañablemente hermosa que guardo segundo a segundo celosamente en mi corazón.

Aun con el calor veraniego o tal vez cercano a los días santos, la sopa estaba deliciosa, jamás he probado otra igual. Caldudita, con un color rojo tirándole a coral, tortillas que sí eran de puro maíz y seguramente un vaso de Coca. Mi abuela disfrutaba tomarse una coquita bien fría.

Con los años, y después de que murió mi abuela, disfruto mucho comer sopa de fideos, sé que nunca será lo mismo sin ella, pero de cualquier manera me sigue llenando el ojo la sopa de fideos caldosa de un rojo suave, que el olor invada mi nariz hasta el recuerdo. Esa tarde me quedó claro el mensaje: la comida lleva implícito un deseo que no solo se limita a nutrir, cuando una mamá hace de comer, una parte de su amor va mezclado con los ingredientes, aun cuando no sea de su agrado cocinar.

Las mamás tienen un poder especial; sagrado las abuelas, ellas saben cómo darlo a través del alimento.

Las sopas instantáneas no tienen el mismo sabor, no niego que sean una opción rápida y ocasional, pero prepararla caseramente, cambia la tarde de cualquiera. Lo reconfirmé aquel sábado, años después de aquel día en casa de mi abuela, que llegó mi hermana con dos jitomates, una cebolla y un sobrecito de fideos “La Moderna”, a mí casa. Iba dispuesta a prepararle sopita de fideos a Miranda, mi hija, que en ese entonces todavía no cumplía su primer año, porque está recién mamá –en aquél entonces– no tenía esa gracia de hacer sopa.

Como mamá primeriza -e ingenua- le daba de comer a mi niña lo que veía en un grupo de mamás comandadas por una nutrióloga: empecé con calabacitas y zanahorias hechas papilla, después plátano, avena y sí, mencionaban «sopita», pero yo únicamente sabía hacer la de arroz; digo, alguna vez intenté hacer de pasta y era lo más parecido a un engrudo para piñatas. Solamente las abuelas y algunas mamás tienen el don de hacer sopa de fideos, persistía ese pensamiento en mi mente.

Aunque de apariencia ruda, mi hermana se apiadó de mí y para no tener pretexto de que no había algún ingrediente los llevó de su casa. Empecé a observarla, no quería perder detalle: primero aceite, fuego medio, los fideos hasta que cambiaran ligeramente su color a dorados; mientras, licuaba jitomate, un trocito de cebolla y un diente de ajo pequeño, lo incorporó a la pasta, una última meneada con la cuchara y tapó la cazuela. Por más que miré jamás vi en qué momento soltó un pedazo de su corazón, pero de que iba, estoy segura. Miranda, se acabó absolutamente toda la sopa. Su sopa.

Honestamente, y aquí entre nos, si he hecho sopa de fideos, pero a mí no me sabe igual. Ni caldudita ni nada de eso, Miranda se come muy poca, prefiere la de su abuela.

Para mi suerte el aroma que desprende el jitomate a la hora de hacer su trabajo en el fideo es suficiente para entrar por mi nariz velozmente y esparcirse entre mis recuerdos, por instantes ya no estoy aquí, sino en la cocina de mi abuela, la veo y sé que tendré que regresar al presente, así que me llevo más de esa tarde en mi corazón para cuando llegue la tristeza tener su sonrisa cerca de mí y entonces sé que todo pasará.

¡Te Amo Abuela!