En contadas ocasiones, como en esta, tenemos muy poco qué decir. Solamente que nos llena de orgullo ser testigos de lo que ha pasado en la marcha del 8M en los últimos años. La siguiente es una crónica, un testimonio muy personal de NoHilda, quien estuvo ahí este 8 de marzo de 2022 y recoge algo de lo mucho, de verdad mucho, que se vivió. Las imágenes captadas por Hitzi Solano, refuerzan esta historia que debe ahí quedar, no guardada, sino fresca en nuestra memoria reciente. Que así sea.

 

NoHilda

Fotos: Hitzi Solano Ramírez

 

El morado de nuestros pañuelos se intensificó bajo el sol de las cuatro de la tarde; si observaba mucho tiempo una superficie blanca y regresaba la mirada a los pañuelos, a causa del brillo del sol, el morado se volvía negro. A los costados de la marcha que tomó la calle de Juárez, la hilera de policías que resguardaban a las manifestantes se veía como una línea negra casi morada.

 

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Este año no pensaba ir a la marcha, aún así estuve en grupos de organización de feministas liberales, feministas radicales y mujeres autodenominadas brujas. Aproximadamente dos semanas antes comenzó la emoción: agregar amigas, seleccionar cantos, consignas, compartir tips para mantenernos hidratadas y con mucha energía.

 

En el grupo de feminismo liberal se promovía el amor. La ternura ante todos los tipos de mujeres era parte esencial de la narrativa. Eran convocadas las disidencias, las mujeres trans, las personas no binaries y todo tipo de cuerpo que se autoidentificara con ser mujer. Me sentí cómoda estando ahí porque sus propuestas eran llevar glitter, flores, lazos morados y rosas. De vez en cuando se nos avisaba que esta sería una marcha transincluyente y que los contingentes indicaban dónde deberíamos colocarnos si llevábamos a la abuelita, al hijo, al perro, al esposo o si íbamos solas. Que la ternura era tan grande que nos podía arropar a todes.

 

En el grupo de feminismo radical no se habló de amor sino de seguridad. Desde el inicio se había nombrado a la mujer que estaría encargada de registrar los números de celular de las integrantes que íbamos llegando porque, cuando diera comienzo la marcha, debíamos tenerlo anotado en el antebrazo junto con nuestro nombre. Serían dos contingentes: el denominado “carriola”, donde iríamos las madres y sus hijas, y el del resto de las integrantes; toda la marcha sería exclusiva de mujeres. Mi comodidad siempre estuvo presente porque en un espacio exclusivo el estado de alerta disminuye considerablemente.

 

En el grupo de las brujas/chamanas desde el inicio se restringieron los comentarios de las integrantes. La información, que solo provenía de las administradoras, incluía cantos de la madre tierra, a la mujer espiritual y a la feminidad sagrada. De cierta forma fue bueno porque no se saturó el grupo de comentarios redundantes y mensajes que repetían lo mismo mil veces. Este grupo se uniría con las feministas liberales, pero se separaría hacia la mitad de la marcha para llegar a un recinto y hacer un ritual con incienso y meditación.

 

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El martes 8 de marzo decidida a no asistir y solo monitorear las redes, encendí la televisión y al escuchar los comentarios de los reporteros de las noticias matutinas mi hija terminó de decidir por mí: “Qué chido sería ir”, dijo sin dejar de ver la pantalla. A partir de ahí mi mente echó a andar la orden del día, había que apurarnos a lavar los trastes, limpiar la casa y dejar la comida hecha para que mi esposo y mi hijo comieran en nuestra ausencia. Salimos a marchar, claro, pero los trabajos de cuidado aún son responsabilidad de las mujeres.

 

Mientras mi hija se bañaba yo preparé la mochila y revisé que no me faltara lo básico, el efectivo, una de las tres tarjetas de movilidad urbana que rondan sin dueño por la casa, pañuelos, cartera con identificación, bloqueador solar y agua. Le comenté a mi esposo que iríamos y su respuesta me conmovió con la fuerza necesaria para ir a gritar más fuerte: no quiero que las vayan a golpear ni que les hagan daño. Eso es lo que deseamos todos cuando una mujer va a salir, queremos que no les pase nada. Pero, ¿lo queremos con suficiente fuerza como para cuestionar al culpable y no a la víctima? ¿Lo deseamos tan intensamente como para interpelar a los agresores? No lo sé, quizá lo deseamos pensando que no nos pasará a nosotros, o que esa violencia cruel no nos alcanzará si no nos acercamos a ella.

 

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A última hora muchas de las integrantes del grupo de feministas liberales cancelaron su participación. Las demás se estaban poniendo de acuerdo para verse en un punto específico, pero al saber que las feministas radicales (llamadas por ellas radas o terfas) iban a estar cerca del punto de encuentro, cambiaron la ubicación a unas cuadras de distancia. Algunas de ellas mostraron su molestia por la participación de las radas y dijeron que si nos concentrábamos en que la manifestación iba a ser pacífica, todo saldría bien, al fin que las terfas iban a marchar hacia el lado opuesto de la ciudad.

 

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Dos estaciones antes de llegar a Juárez, alrededor de cincuenta chicas se subieron al vagón en el que íbamos mi hija y yo; ella iba muy emocionada al ver a esas mujeres maquilladas de morado, con sus listones verdes y sus pancartas llenas de brillos; verla a ella así de feliz y ver a las jóvenes tan organizadas, de manera extraña sentí que se me aligeraba el cuerpo. Cuando el tren llegó a la última estación más chicas salieron de otros vagones y todas subimos a las escaleras que nos acercaban cada vez más al sentimiento de pertenencia que da estar en un grupo.

 

La protesta ya había comenzado, nos llevaban tres cuadras de ventaja. Al llegar, saqué mi paraguas morado de la mochila y vimos que todas las mujeres estaban agachadas delante de la rectoría de la UdeG y mantenían el puño levantado. Había unas cuantas que, con martillos, marros, palos, tubos, enojo y mucha rabia, estaban quebrando los cristales de la entrada principal.

 

—¿Por qué están agachadas, ma?— me preguntó mi hija sin entender mucho lo que estaba pasando. —Están agachadas porque están observando lo que hacen las demás.

—¿Quiénes?, ¿las de negro?

—Sí, las del bloque negro.

 

Le expliqué a mi hija que las mujeres con pasamontañas, guantes, botas y martillos se dedicaban a realizar la parte más brutal de la protesta: la iconoclasia. Rayan, quiebran o destruyen monumentos y lugares simbólicos para llamar la atención de las autoridades porque, de otra manera, no hacen caso. Qué chido ser del bloque negro.

 

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En el grupo de feministas radicales, por seguridad, no están integradas las del bloque negro. Ellas tienen protocolos aparte; entre ellos monitorearse y conocer puntos de reunión que solo las integrantes conocen. El día de la marcha se reafirmaron los horarios de salida y de llegada, así como la ruta y la petición de no estar acompañada de hombres. Nunca se hizo mención de la protesta de las feministas liberales ni se prohibió que al terminar una fuéramos a la otra manifestación. Porque este año hubo dos marchas: la radical y la liberal.

 

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Hubo un momento en que las policías y las del bloque negro marchaban juntas y otro momento en donde las policías estaban tan cerca de las que estaban quebrando los parabuses que, si miraba con el rabillo del ojo, no se distinguían unas de otras; pero hubo otros momentos en los que se percibía el miedo, y las policías se miraban entre ellas como si supieran algo que nosotras no. Ahí fue cuando me di cuenta que en mi cabeza siempre estuvo dividido el “ellas” y el “nosotras”. Casi llegando al Centro Magno una joven comenzó a repartir flores a las policías, quienes las aceptaron sin pensarlo, casi como si fuera una orden. Con un poco de torpeza y vergüenza, las manos morenas de las policías se repartían el peso de los claveles blancos y el de las macanas; estaban tan cerca de nosotras que cualquier miedo que pudieran despertar se escondía perfectamente detrás del puñado de flores.

 

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Revisé el grupo de brujas que en ese momento ya había abierto los comentarios para mandar ubicaciones y ajustar detalles de la ruta que seguirían. En el chat se preguntó vagamente si habría contingente separatista (solo de mujeres) porque se sentían más seguras así, pero al ser la marcha de feministas liberales a la que ellas se iban integrar, alguien le dijo que no, que ahí integraban a todas las disidencias y que no había discriminación; pero que no se alejara del contingente para que no ocurriera nada. Al comenzar la protesta ya casi nadie mandó mensajes.

 

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A unas cuadras de llegar a la Secretaría de igualdad sustantiva entre mujeres y hombres, donde se terminaría la protesta radical, una manifestante se desmayó. Las del bloque negro comenzaron a correr, anunciar un código rojo y de pronto todas levantaron el puño, hicieron silencio y se agacharon. Animé a mi hija a hacer lo mismo. Después, alguien pidió primeros auxilios y una de nosotras se levantó anunciando que era médica y corrió hacia el lugar para brindar su ayuda; una más que llevaba un botiquín de primeros auxilios la siguió mientras todas esperábamos en el suelo, aprovechamos para tomar agua y descansar. Una niña que marchaba a nuestro lado le preguntó a su mamá qué estaba ocurriendo y por qué todas se estaban desmayando, yo le dije que era por el calor y porque no había tomado suficiente agua, inmediatamente la compañerita sacó de su mochila su botella y le insistió a su madre que tomara. El miedo de esa niña no llegó cuando rompieron parabuses, llegó cuando se imaginó que a su mamá podría pasarle algo. El miedo de esa niña es el miedo de todas.

 

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En el grupo de las feministas liberales se seguían poniendo de acuerdo, pero al igual que en el otro grupo, cada vez eran menos mensajes. La presencia sustituía a la tecnología.

 

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Llegamos a la Secretaría de igualdad y nos sentamos en el suelo para escuchar las palabras de algunas mujeres, los pronunciamientos y las exigencias hacia el estado; muchas de ellas entre llanto y miedo relataron su desafortunada búsqueda de justicia para sus denuncias. Al terminar, poco a poco las mujeres nos dispersamos. Para regresar, mi hija y yo debíamos caminar hacía la Catedral, así que seguimos la ruta de la segunda marcha, que era tres veces más numerosa. Esperamos un poco para observar en dónde sería más seguro unirnos y al ver un grupo de mujeres con sus hijas nos dejamos llevar por la inmensa corriente violeta.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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En el chat, las radicales agradecieron la participación de las asistentes y monitorearon que todas llegaran bien a sus destinos.

 

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No esperaba ver feministas del bloque negro en la segunda marcha, pero había, y más que en la primera, incluso había mujeres que no iban vestidas de acuerdo al código y aun así estaban golpeando vidrios, un par de ellas salieron lastimadas por no llevar protección en manos y piernas.

Me desconcertó un tipo de mecanización en la protesta. Mientras íbamos avanzando se iba repitiendo la forma de actuar de todas. Al quebrar un parabús, todas levantábamos el puño, hacíamos silencio y gritábamos una consigna; al ver una mujer en una ventana, se gritaba otra frase de apoyo; al pasar por un edificio simbólico, una consigna distinta más. Las pocas policías que acompañaban esta segunda manifestación se separaron al punto de ya no ubicar fácilmente a ninguna. De cierta forma éramos libres de hacer lo que quisiéramos, pero terminamos haciendo lo mismo; lo curioso de lo predecible es que, cuando forma parte de un patrón, nuestra consciencia no lo está decidiendo.

 

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En este punto, el grupo de brujas y chamanas se separó de la manifestación para llegar al recinto que habían acordado para realizar el ritual de cierre de la energía femenina. Dos horas más tarde, en el chat de grupo se estarían monitoreando para saber si todas llegaron bien a sus hogares y agradecieron la participación de todas.

 

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Mi hija ya estaba cansada, llevábamos más de tres horas caminando, pero ya faltaban pocas cuadras para llegar a la plaza Imelda Virgen, donde se terminaría la protesta con las palabras de la hermana de Imelda, la desafortunada primera mujer asesinada después de que el feminicidio fuera reconocido como delito. Estas últimas tres cuadras fueron las más intensas por la concentración de manifestantes y personas que salían de sus trabajos o paseaban por el centro de la ciudad. Las consignas se escuchaban con tanta fuerza que el sonido de los vidrios quebrándose no importaba a nadie.

 

Cuando llegamos a la antimonumenta, las luces moradas que iluminaban los árboles acompañaron a las más de 15 mil mujeres que habitamos la noche desde el enojo, la tristeza y el llanto en el centro de la ciudad. Mi hija y yo nos separamos de ellas para tomar la ruta de regreso a casa.

 

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Al igual que los dos grupos anteriores, las feministas liberales estuvieron monitoreando la llegada con bien de todas y se aseguraron de que no faltara ninguna.

 

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Fue una marcha dividida por ideologías, pero estuvo unida bajo el mismo propósito. Uno de los argumentos de Marcela Lagarde en su libro Los cautiverios de las mujeres, es que nosotras compartimos opresiones. Si bien nuestra ideología puede ir por senderos distintos, todas terminamos temiendo si llegaríamos con bien a casa. Las marchas del ocho de marzo comenzaron en puntos distintos, pero terminaron la misma noche.

Las mujeres policías nos acompañaron pero nunca prestaron ayuda en los percances ocurridos. Las ideologías pueden separarnos, pero es el estado el que impide que nos ayudemos mutuamente. Mientras una compañera del bloque negro dejó caer su bate al suelo para correr a buscar gasas, debajo de su cubreboca, también negro, una policía observaba todo sin soltar ni uno de los claveles blancos que le habían regalado

La división, así como la violencia que resulta de esta, no es suficientemente fuerte cuando viene de las personas; la verdadera barrera inquebrantable proviene de aquellos que, teniendo el poder, se meten a las filas con estrategias vergonzosas para intentar callar el grito de justicia que no desean oír.

 

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Eran las ocho de la noche cuando, ya sin el brillo del sol, el color negro se perdía en las sombras y el morado seguía resplandeciendo con una intensidad inexplicable. Para la seguridad de mi hija y mía, nos quitamos los pañuelos y los guardamos en la mochila, regresaríamos a casa en un vagón de tren con las mismas amenazas de violencia de todos los días.

 

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En los tres grupos se repitió la misma pregunta:

—¿Llegaron bien a casa?

—Sí, ya estamos en casa.