La autora de la presente crónica rememora algunos de los principales acontecimientos de su vida, ligados al barrio que la vio nacer: San Andrés, que hace 40 años no era el mismo que hoy, pero, como sucede con las personas, también en las colonias, a pesar del paso del tiempo, la esencia queda.

  

Altagracia Lizardo Medina

 

“Yo vivo en San Andrés, donde se acuestan dos y amanecen tres”. Eso decía mi papá cada vez que le preguntaban dónde había comprado la casa. Eran los años ochenta y la ciudad obviamente no era lo que es hoy. Cuando llegamos, en 1982, mi hermano Diego acaba de nacer y frente a la casa había cuatro canchas de futbol. La avenida Javier Mina se cortaba por una huerta, en la esquina de mi casa.

 

En esa huerta fuimos muy felices mis dos hermanos y yo. Cazar luciérnagas, que luego pusimos en envases de vidrio de algún refresco y que convertimos en lámparas de buró, era algo emocionante, aunque no nos salvamos nunca de los piquetes de zancudo.

 

En las canchas de futbol, que no tenían pasto, eran de tierra, llegaban circos pequeños y en algunas ocasiones fuimos parte del público. También en las canchas, con apenas 7 años, emprendí un negocio con mi hermana: ella tenía cinco años. Vendimos dulces y frutas, pero no tuvimos mucho éxito, por ello observé a mis posibles clientes y les traje lo que pedían.

 

Mi mamá cuenta que de pronto vio que no podíamos atender a tantos clientes, y nuestro negocio mejoró, cómo no, si mi producto estrella eran las cervezas que me vendió Don Toño, el de la tienda, en ese tiempo los menores podían comprar no sólo las tortillas, sino cualquier cosa sin restricciones. Desafortunadamente nuestra alegría no duró mucho, porque mi mamá ya no nos dejó vender y esa anécdota la cuenta al menos cada cena de Navidad.

 

A un par de cuadras estaba la CONASUPO (Compañía Nacional de Subsistencias Populares), que fue una empresa paraestatal que se dedicó a acciones relacionadas con el sistema de abasto y la seguridad alimentaria; para nosotros era un supermercado accesible, en ese tiempo no existía Walmart ni Soriana, ahora, ahí, es el Parque San Jacinto, donde a diario bailan zumba en plena pandemia, ensayan grupos de porristas, otros pasean en bici, algunos en patinetas y otros más —los más pequeños— hacen uso de los juegos que ahí se encuentran.

 

A casi 40 años de nuestra llegada las cosas no son tan distintas, cambiaron de forma, pero no de fondo. Las costumbres se mantienen: como ir los domingos a misa en el templo de San Andrés —aunque yo sólo fui de niña— o a cualquier hora visitar el Santísimo en la pequeña capilla de la calle de Chamizal, para después comprar algún antojo en los puestos o un juguete de moda, la mayoría de plástico y chinos; antes eran de madera.

 

Pagar el agua al lado del quiosco, hacer trámites en el registro civil o comer en los Lonches Rubén, que con todo y el paso del tiempo y la muerte de su creador se siguen vendiendo y siguen siendo populares, son también costumbres que han prevalecido.

 

La plaza se ha ido renovando, se le ha dado mantenimiento en los últimos años, pero el espíritu de pueblo continúa vigente. En los portales persisten algunos negocios, al igual que los mismos tacos al pastor de la esquina del templo y los puestos de papas, garbanzos y cacahuates, sólo que ahora son atendidos por los hijos o los nietos de los antiguos vendedores.

 

La escuela primaria Lázaro Cárdenas es mixta, en los años ochenta las niñas asistían por la mañana y los niños por la tarde, pero las papelerías y sus dueños, son los mismos.

 

Después de que quitaron la huerta y abrieron Javier Mina para conectar la ciudad, comenzó, años después, la construcción de la línea 2 del Tren Ligero, y eso hizo que los camiones que pasaban por la calle Gigantes —que debe su nombre a los árboles de gran tamaño que ahí se encontraban— se desviaran hasta Medrano, donde venden piñatas.

 

El baldío a unos cuantos pasos de mi casa, a media cuadra de Julio Zárate, donde se instaló una familia humilde con una casa de cartón, es desde el año 2000 una sucursal de Domino’s Pizza, y el andador, donde las casas no tienen cochera, se mantiene casi intacto.

 

Doña Rosa, quien vivía al lado, murió; ya era una persona mayor, aunque nunca supe su edad, hoy vive ahí uno de sus hijos. “La Veneno” (así le llamaban a la vecina más conflictiva), que en realidad se llamaba Laura, vendió su casa y se fue a vivir a Las Águilas. Esperanza también se fue luego de la muerte de su hijo Pepe, quien, dicen, padeció cáncer y murió antes de cumplir 30 años.

 

La esperanza de mi familia también se fue tiempo después: un 22 de noviembre de 2004. Mi hermano Diego, con apenas 22 años, decidió irse de este mundo. Eso nos quebró totalmente. La casa se quedó sola, casi intacta; yo entonces ya tenía 28 años y ya no vivía ahí, pero sí mi familia entera.

 

De un día para otro se acabó todo: la casa se puso en venta y mi familia se fue a vivir a unas cinco cuadras de ahí, nuevamente a dos cuadras de la CONASUPO, en dirección a Tetlán, que en 2004 ya era el Parque San Jacinto.

 

Los años tras la muerte de Diego fueron muy dolorosos, oscuros y entre medicamentos y terapias para paliar el dolor, decidí nunca volver al barrio. La poca empatía y el gran morbo por lo que ahí sucedió me hacía evitar pasar cerca, mucho menos voltear. Hasta la fecha evito mirar el cuarto de mi hermano que da a la avenida y la fachada luce casi igual.

 

Odié San Andrés, todo me recordaba a mi hermano, y mientras, la vida me llevó por decenas —y no exagero— decenas de casas, rentadas por supuesto, cualquier lugar lejos era bueno.

 

Hasta que un día, en plena pandemia, me cansé de huir y por ciertas circunstancias decidí volver al barrio. Compré un departamento a tres cuadras de la casa de Javier Mina, en sentido opuesto a la casa donde vive mi padre, es decir, tres cuadras en dirección al centro de la ciudad.

 

Y como bien decía mi papá: en San Andrés se acuestan dos y amanecen tres, ya no volví sola, volví con mi hija, ahora de 6 años y seríamos tres de familia si no se hubiera roto la relación con el padre de mi niña.

 

San Andrés es de nuevo mi barrio, en el que crecí y del que muchas veces renegué. Ahora me gusta, lo aprecio y vivo tranquila, estoy cerca del centro, como dicen los anuncios de los departamentos en venta que aún quedan en mi edificio: la Torre Mina.

 

Estoy cerca de mi trabajo en la Secretaría de Cultura, que se ubica en el edificio que antes era la XV Zona Militar y cerca de mis sueños. Sigo esperando que donde se acuestan dos amanezcan tres: que amanezcan tres o más sueños por abrazar, para así escribir nuevas y mejores historias.