Miguel Mariscal

 

“Don Miguel Hidalgo y su heroico contingente, por este lugar hizo su entrada triunfal a la ciudad, el día 26 de noviembre de 1810”. Así reza la placa puesta por el Instituto Jalisciense de Antropología e Historia de Jalisco, en uno de los arcos de la Plaza de la Bandera.

En efecto, a escasos tres kilómetros y medio, viniendo del centro de San Pedro Tlaquepaque, por el boulevard Marcelino García Barragán, se topa uno obligadamente con la mencionada plaza, principalmente con la glorieta dedicada a nuestro lábaro patrio, representada por una erguida, adusta e imponente águila de cantera, simulando el islote donde se posó la misma águila del escudo nacional, y en su base la asta que sostiene nuestra bandera.

Construida en 1949 por el arquitecto fray Gabriel Chávez de la Mora, la plaza está conformada por tres secciones: la primera, un jardín con su arcada de cantera y una explanada para actos cívicos; la segunda, otro jardín de curiosos arbustos chaparros con figuras de animales; y la tercera sección, la ya mencionada glorieta custodiada por su águila plana.

La plaza se encuentra flanqueada por varias arterias viales: la calzada del Ejército, de norte a sur; Cuitláhuac por el poniente y el ya mencionado boulevard Marcelino García Barragán (anteriormente boulevard a Tlaquepaque), por el oriente. Sin embargo, en su inauguración sólo era una gran explanada con sus jardines, sus fuentes y su glorieta que, como hoy, forma parte de la vía. Con el tiempo, más que secciones fueron disecciones que la partieron, dando cause a las calles aledañas.

 

 

Lo que muchos saben (o tal vez no) es que, en ese mismo lugar estaba la garita de San Pedro, la cual fue abruptamente destruida y sustituida por la actual plaza. La nueva obra fue concebida como una necesidad imperante –según las autoridades– de dotar a una ciudad en crecimiento con obras que dieran mayor realce a la capital del estado. Creando con ello una ruptura de ciudad provinciana: ya no más el mote de rancho grande, sino una ciudad capaz de entrar de lleno a la modernización. Así, por toda la ciudad se dio la transformación de muchos edificios y monumentos que sufrieron ese pujante proceso por parte de nuestras autoridades.

La garita de San Pedro —y todas las demás — no fueron la excepción. Cimentada a la orilla de la ciudad, controlaba el acceso de quienes venían de la zona de la Ciénega y de los Altos de Jalisco a traer sus mercaderías a la ciudad. Como estaba prohibido ingresar con huaraches y de manta, se les proveía de vestimenta adecuada. Era, pues, el paso obligado de todos los viajeros que entraban (o salían), ya fuera arrieros o carromatos, transportando su mercadería, ya a pie o a caballo; todos pasando por el arco aduanero.

Ir a San Pedro, implicaba una travesía de casi cuatro horas en los tranvías de mulitas, saliendo desde el Jardín de San Francisco. El recorrido ­–digamos en calles de hoy– iba por Corona, daba vuelta en Libertad, seguía por Constitución hasta la garita de San Pedro, luego por la calzada del Periodista, hoy boulevard Marcelino García Barragán, hasta una zona denominada el Paradero, en donde era el cambio de vías; y de ahí al pueblo de San Pedro. En 1841 se había trazado el primer camino entre Guadalajara y San Andrés, un poblado que estaba distante a unas tres horas en carreta por la calle Gigantes, llamada así por la Gigantera, una zona boscosa que era refugio de maleantes.

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La historia nos dice que en 1810 el cura Hidalgo atravesó el polvo de la garita, siendo recibido por El Amo Torres, en una entrada triunfal en pro de la Independencia. Sabido es que dos años más tarde el insurgente José Antonio Torres fue capturado y condenado a la decapitación, fue descuartizado por las tropas realistas; y ahí en la parte alta de la garita fue puesto uno de sus miembros (las demás partes las colocaron en las demás garitas con que contaba la ciudad).

Leopoldo L. Orendáin, empresario e historiador, nos dice: Las garitas eran las puertas de entrada a la ciudad de Guadalajara, aquí se les cobraba a los arrieros el peaje que era una contribución destinada a la apertura y conservación de los caminos; donde entraban en ella todo tipo de productos:  Azúcar, arroz, aguardiente, vino mezcal, chile en petacones de varias calidades, harina, sal, tabaco, toda clase de frutas secas que se les llamaba pasadas, quesos, piñón, nueces, ropa, plata, fierro, vino y cueros; cada garita tenía su oficina de peajeros, quienes con ojo de águila, aplicaban las tarifas”.

 

Orendáin continúa diciendo: “en 1842 eran de un octavo de real por toda bestia de silla o carga que viniera en pelo; por cabra, carnero, oveja o borrico cargado con leña, de los cuales entraban centenares diariamente. Además, agrega que las cuotas a los carruajes se hacían por el número de ruedas, o el número de bestias”.

En septiembre de 1860, la garita sirvió de encuentro entre el general Jesús González Ortega y el conservador Severo del Castillo, como un esfuerzo de ambos bandos (liberales y conservadores) para evitar bajas innecesarias; dicho encuentro se dio el 26 de ese mes.

Según datos del informe de Gobierno de 1897 de Luis C. Curiel, la garita de San Pedro tenía un valor de mil pesos. El informe dice que las obras materiales en San Pedro fueron simples, pero de importancia para este lugar que seguía siendo un pueblo.

Ciento seis años después que Hidalgo entrara a la ciudad, el primer jefe del Ejército Constitucionalista, ​Venustiano Carranza, en su paso por Guadalajara atraviesa la garita rumbo a San Pedro, ahí el artesano H. Farías modeló en barro el retrato del primer jefe.

Y así, podemos seguir con ejemplos de personajes ilustres que atravesaron los umbrales de sus arcos; además de los de “a pie” que hicieron con su tránsito un referente al llegar a una de las puertas de la ciudad.

 

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Camino unos pasos en el lugar donde estuvo la garita buscando algún indicio, algo que me gritara o me susurrara de su pasado; de los jardines a la glorieta y de ella a los arcos. Casi nada. Sólo una escuálida columna fálica tapada por la fronda de un árbol, que por alguna razón quedó en pie. Aunque quizá podemos incluir los viejos bloques de la garita, mismos que fueron utilizados en los nueve arcos de la plaza.

A un lado de la columna hay una cabeza de águila en granito, levantada en 1960, indicando la ruta de la Independencia.

“La bola de arriba hace como cuatro años se cayó, por poco y le pega a una señora, vinieron unas personas y sólo tomaron nota”, me dice el joven vendedor de chicles de la esquina. En efecto, el fin de lo que fue es inminente, poco a poco se va muriendo. Pero todavía está ahí, guareciéndose bajo la benevolente sombra del ficus, discreta como no queriendo que las nuevas generaciones sepan que tiempo ha estuvo ahí lo que fue la garita de San Pedro. Ojalá las autoridades apreciaran la conservación de lo que queda y le dieran su espacio, un respiro para seguir como testigo fiel.