Por razones que no viene al caso exponer aquí, la autora de la presente crónica tuvo que abandonar Guadalajara para irse a vivir a Hillsboro, de manera que nos cuenta algunas cosas de allá e, inevitablemente, recuerda muchas de las de acá. Como la lluvia, por ejemplo.

 

  

Eunice García

 

Para llegar a Hillsboro hay que resistir cinco horas de encierro en un avión guajolotero. Comprimirse, acomodar los encargos en el piso (roscas, quesos, conchitas, bolillos…) y cederle el lugar en el pasillo a la señora que ya está muy mayor y que necesita ir numerosas veces al baño.

Uno puede dormir arrullado por el llanto de los niños, o leer un poco, o cuestionarse la necesidad de ir y venir. El avión aterriza en Portland, casa de gente bien importante como Matt Groening (el de los Simpsons) o Chuck Palahniuk. Lo más prudente es alejarse de la ciudad llena de homeless, hípsters, artistas y veganos, y emprender rápidamente el rumbo hacia Hillsboro. Bien podría ser en tren (o el Max) pero habría que sortear de nuevo a los vagabundos con sus mochilas grandes y sus olores de mundo. Resulta pues más prudente tomar un Uber y cerrar los ojos mientras algún muchacho africano maneja a toda velocidad. Atravesar la 26, el túnel, pasar Beaverton. Hospitales para niños con cáncer, el zoológico. Finalmente, la salida 61 A huele a casa. Aparece Hillsboro en toda su calma. Ciudad pequeña, de ingenieros y migrantes, donde la computación y la pisca de berries dan casa y sustento a más de 100 mil personas.

Por las mañanas Hillsboro se llena de gente de Portland y zonas aledañas. Se les ve hacer fila en drive thru de los miles de Starbucks y McDonalds. Se dirigen sin prisa a las fábricas y oficinas. Poca gente camina por las calles y uno que otra bicicleta se asoma. No conozco las tardes de Hillsboro, solo se del día que se asoma en la ventana. La gente vuelve a sus casas a eso de las cinco. Se llenan las calles de tráfico y de clientes La gualmar. Dependiendo de la estación del año pueden ser las seis de la tarde o las seis de la noche.

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Hay veces en las que la lluvia dura todo el día. A veces gotas pequeñas, casi imperceptibles. A veces pesadas. Llueve y nunca a cántaros. No me gusta esta lluvia. Prefiero la lluvia tapatía, gorda y desparpajada, que pasa inundándolo todo. Lluvia que convierte en aventura (o pesadilla) el día.

Cuando llueve en Guadalajara, los olores cambian, las gotas llevan ruido y, con suerte, dos o tres ranas cantan. La gente corre en la calle buscando refugio. Antes de que se ahoguen las calles, antes del primer choque, antes de que la ropa limpia y tendida al sol quede empapada.

La lluvia de Hillsboro es silenciosa. Comienza antes del amanecer y se estira, perezosa, durante el día. El cielo triste y gris la acompaña. Nubes sin gracia que se empeñan en ocultar el poco sol que habita la ciudad. Llueve y se siente en los huesos. Un frío extraño que se aferra a la piel y una humedad penosa que se estanca en la nariz. La ciudad, empapada, conserva su olor: pastoso y ajeno. Extranjero. Tan distinto al aroma al que se le canta en Guadalajara.

En Hillsboro poca gente usa sombrilla. Caminan indiferentes al agua, apenas levantando la mirada. Una rutina aprendida con los días, las semanas y los meses que acompañan la lluvia. Aquí, como en Macondo, llueve en un solo tono. Da igual que la lluvia caiga en la mañana o en la noche. La misma cortinilla húmeda cae como si ni fuera a escampar nunca. Aparece entonces el verde, borrando a su paso los tintes muertos del invierno. Los narcisos llegan, blancos, amarillos, como huevos estrellados que se antojan en las mañanas más tristes.

En Hillsboro las calles no se inundan. No se forman ríos como en Guadalajara. Aquellos ríos que arrastran igual barquitos de papel, o gente, o basura. La ciudad se queda igual que siempre, quieta y silenciosa. Un poco más gris que los días de verano, un poco menos triste que los días de invierno.

La lluvia de Hillsboro va regando las semillas de los recuerdos tristes y florece la nostalgia. Van trepando por dentro entre suspiros y morriñas. Inundan la cabeza. El color mortecino de las nubes se encharca en los ojos. Como cataratas viejas y gruesas que impiden ver más allá de las pestañas.

A los pájaros si les gusta la lluvia. Los he visto bañarse y remover el suelo espeso buscando comida. Poco parece importarles ese vaho continuo que empaña las ganas de salir. A los gatos no. Los gatos, al igual que yo, pierden los ojos en la ventana, hambrientos de sol y calor. Se aventuran a veces, solo para regresar con las patas empapadas. Se entretienen en lamerse el pelaje, como queriendo limpiar el fastidio.

En Guadalajara se espera con cierta paciencia a que la lluvia pase. Uno aprende a mirar las nubes y saber cuáles son las que están llenas de agua, las que van de paso, las que llegan con el frío. Aquí las nubes mienten. Pasan a veces por lo bajito, dejando apenas unas gotas sobre la ventana. De golpe, se extienden en el cielo cual alfombra y se apoderan del día.  Habrá entonces que resignarse, cambiar los zapatos por las botas y esperar, muy tristes, a que el verano llegue.