NoHilda

 

Así como se puede narrar lo que sucede en las calles en medio de la pandemia, también hay que contar lo que ocurre al interior de nuestros propios encierros. Dentro de las paredes de cada hogar también hay historias: como esta de NoHilda, quien debuta en nuestra página, con este texto que avanza —lento, preciso, punzante— justo como los días que vivimos.

  

“La normalidad no volverá

porque fue ella la que nos trajo

donde estamos”

Graffiti anónimo en las calles de Wuhan

 

¿Quién no había pensado en regresar al vientre de la madre, lugar confortable, cálido, seguro y ajeno al mundo externo? ¿Quién no está cansado de estar tras las ventanas de un lugar confortable, cálido, seguro e imposibilitado del mundo externo? Estar en casa nunca había llegado a tales proporciones.

 

Recuerdo los días de cuaresma donde mis padres nos recluían maratónicamente, a mis hermanos y a mí, desde el jueves santo hasta el domingo de resurrección y no nos dejaban ver televisión, escuchar música o jugar, todo se resumía a: limpiar o rezar. Estos días de encierro me recuerdan aquella infancia que parece ajena con una diferencia: ya no rezo.

 

Mirando como un insecto estoy frente al ventanal de mi balcón. Mis chanclas con relieves para dar masaje a los pies cuando camino sostienen al cuerpo quieto, en pijama, casi rocoso; no siento masaje en los pies. Es el segundo o tercer día de cuarentena, son las siete u ocho de la mañana. El campo de fútbol que está enfrente, donde colapsan las mascotas divertidas y retumban los dueños preocupados, está vacío. No ha venido el señor de los seis perros, ese que los amarra a los postes de las porterías y les grita por turnos, no ha venido el boxeador retirado o boxeador en entrenamiento (depende de la edad, no lo he visto de cerca), no está tampoco la pareja de jóvenes novios que dejan sus mochilas a medio campo a la vista de todos. Estoy yo, desde mis chanclas, detrás del ventanal. Confinada. Como todos.

 

No me ha entrado el pánico, no me ha entrado la tragedia. Con un café más negro de lo normal, espero en mi cuarto el golpe duro de alguna realidad, de la enfermedad o el de la esperanza. Nada. Sigo esperando, hasta el mediodía cuando el “ya tengo hambre” de alguno de mis hijos me devuelve movilidad.

 

Un par de días después, antes de ir al trabajo, mientras las horas en casa parece que se acumulan en la espalda, entro a bañarme y me quedo bajo el agua sin moverme, esperando a que la tensión se escurra por el desagüe. Me enjuago una vez y otra. Luego pongo jabón líquido transparente en mis manos, las froto, como las he frotado ya tantas veces y cierro los ojos; me las llevo a la cara y en círculos revuelvo los suspiros también líquidos. Con los ojos cerrados cierro la llave y espero a que el aire que viene desde la ventanita me refresque un poco. El baño es el único sitio de la casa en el que no entra nadie cada diez minutos a preguntar el paradero de los calcetines, en donde me puedo resguardar de esta soledad compartida, es mi zona segura dentro de mi zona segura, es el núcleo del vientre de concreto, mi placenta.

 

Las horas de trabajo se han reducido a la mitad. Los libros amontonados en mi escritorio me abruman un poco. En estos días calurosos mi cama no tiene colcha, la sábana es pasto fresco bajo un árbol, desde ahí leo en mi celular. No es una espera, es una pausa. Detener el tiempo y que yo misma siga funcionando, como cuando me lo imaginé tantas veces de niña. El tiempo estático, faraónico. Me recuerdo embarazada, igual de imposibilitada. En las redes abundan las encuestas con preguntas personales como las de los tiempos de secundaria: ¿Te da asco comer hígado?, ¿eres hetero?, ¿un animal que comience con la letra de tu nombre?… Hay hormigas afuera de mi casa, de tanto que van y vienen ya han apartado la hierba haciendo un camino. Voy del baño a la sala, de la sala a la cocina, de la cocina al teléfono de nuevo, ¿hacia dónde va el camino que voy haciendo?

 

La tragedia siempre nos va a llegar, pero el hecho de que no sepamos cuándo ni cómo, perturba más que la tragedia misma. El virus no posee una mortalidad alta, la muerte, en su caso, no es la tragedia; lo más perturbador es que, temiendo que habrá una recesión económica, no podamos en realidad saber exactamente ni cómo, ni cuándo. Un total saco de ojos, oídos y papilas gustativas es ahora mi cuerpo, un mindfullness extremo a la espera de un mínimo cambio. Mi cama, cada vez más íntima, se forra de lenguas de algodón en espera de envolverme o saborearme o cobijarme. Y yo, me dejo ser presa hasta ver oxidarse el cielo; mientras con mis manos y piernas emulo al horizonte que no parece hoy tan lejano, que parece más un amante silente a mi lado. Me estoy acostumbrando a una soledad más pura y tengo miedo de no poder desacostumbrarme, el “nosotros” se ha ido a la comunidad virtual, haciéndose cada vez más intangible o inalcanzable.

 

Mi mochila está cerca de la puerta y temo que en cualquier momento le salgan pies y me abandone: si algo me falta para creer ser yo misma es traerla al hombro, tortuga lenta sin caparazón. Se me ve todo el mundo interno cuando me siento en la sala, con la televisión apagada y miro mis adornos de calavera. ¿A qué estamos? dice mi madre después de saludarme de lejos con una mano en el corazón. Es martes, pero no importa.  ¿Qué día es hoy? pregunta mi hermano para continuar la cronología de la anécdota de mi padre, quien, dejando a un lado el bastón, los domingos por la mañana serrucha, tumba, clava, levanta y vuelve a tumbar los muros de la azotea de su casa. Es martes, pero no importa. Mañana será otro martes y luego otro.

 

Para las mujeres que hemos tenido hijos la cuarentena es lugar común, pienso ese martes que el calendario dice que es miércoles. Recuerdo que en mi primera cuarentena —y lo digo con toda la intención de que se note que hay experiencia en esto— salí a la calle al día siguiente sin pensar en la tormenta de regaños que las señoras me tirarían con desdén: ¿no traes cubierta la cabeza? Obviamente no la traía, ni tampoco tuve ningún cuidado. En mi segunda cuarentena, aproveché el estado invisible que adquirimos las mujeres cuando hay un bebé recién nacido y vi la mayor cantidad de películas que me cupieron en los ojos, los cuidados fueron más bien comodidades. En la tercera y más dolorosa cuarentena llegué a la casa con el vientre a la mitad, las manos vacías y los ojos llenos de lágrimas; me guardé en mi hogar y más que en duelo, me sentía en interrogatorio, casi obligada y torturada por la vida y las circunstancias a responder palabras disfrazadas que deseaba sellaran las mil bocas que me rodeaban; yo quería silencio. Esta cuarta cuarentena es compartida, es empática y hasta paternalista. Hay listas de películas para ver mientras estamos en casa, listas de libros, actividades para niños, adultos y mascotas, consejos para dormir bien, recetas de platillos fáciles y baratos. Me pregunto, ¿dónde estaba todo este cuidado cuando era solo yo quién lo vivía? Quizá detrás de las preguntas incriminatorias, a un lado de las miradas de desaprobación o por debajo de las indirectas estúpidas. En este barco estamos todos, como dice un meme del Titánic, y ahora sí, la empatía está al alcance como barco salvavidas —aunque a veces dude del motivo de quién se sube—.

 

Generalmente, lo que hacemos, más que por los demás, lo hacemos por nuestra relación con ellos, sentencio al espejo mientras le sonrío con falsedad virtual. Sin poder tocar mi cara y tras el olor jabonoso de mis manos que ya no huelen a ellas, lo que nació en esta cuarentena es, precisamente, una nueva forma de relación con nuestro entorno y sus objetos. Mi índice va de arriba hacia abajo de la pantalla lisa que no es en nada parecida a mi cutis con cicatrices y algunas arrugas: no cambio de cara al moverlo horizontalmente, no me salen los filtros y ya está casi prohibido tocarme. ¿De qué objetos aún dispongo que no estén contaminados? El propio envase del jabón puede estarlo y por ello tallo con más frecuencia la parte con la que lo toqué. No es solo soledad, es soledad sin siquiera el toque de uno mismo. Intento otros toques. Junto mi índice con el pulgar —cosa no prohibida, no riesgosa— y pongo mi atención en el índice: estoy ahí soy él, el sujeto que toca. Cuando cambio mi atención al pulgar soy el sujeto tocado y que, a su vez, también toca. Intento lo mismo con el lápiz verde, con la cuchara vacía de crema de cacahuate, con la almohada y su fonda de 1800 hilos. Me faltará práctica. Lo intento con el espejo: soy quien observa, soy la que ve, soy la esencia. Cuarentena zen al servicio de la comunidad.

 

Al amanecer de los días siguientes, a la fase dos de la pandemia no espero mucho, hasta me he dado cuenta de que he vestido igual: con mis playeras negras sin manga, mis mismos tenis que solo uso para ir a la tienda y pantalón de mezclilla del mismo color. Reencarnación de Sísifo, pero más linda. Estoy vulnerable mental y físicamente, a mis 12 541 días de nacida sigo siendo casi igual de vulnerable, dependo del entorno para mantener una mediana salud y de la gente que me rodea, es como si naciera cada día en lo alto de una montaña y tuviera que viajar hacia abajo para tocar tierra y dormir para olvidarme de todo, como en el súper: cuando me pregunta mi esposo que qué más falta y yo, absorta en el rostro de la gente que va con mascarillas tratando de ocultar su miedo y ocultando también su sonrisa, le contesto que ya no me acuerdo.

 

Son días difíciles los que me dejo llevar sin oponerme, los que me besa la preocupación tras la cancelación de mis pacientes y el progresivo vacío del bolsillo. Y aunque sigo sin encontrar la razón de mi esencia rebelde, les digo sin pensar que me escriban, aunque no vengan y que estoy para ellos; me reconfortan de una manera abismalmente conmovedora sus palabras de regreso, esas que arropan el corazón cuando son leídas o escuchadas y descubro, casi con lágrimas en los ojos, que el corazón nunca es tocado más que por la fraternidad resguardada en cofrecitos que todos sacamos desde dentro y que llamamos palabras.