Caer, caer y no morir. Los cincuenta pisos son un pretexto para contar algunas obsesiones ¿Inmortal? Sólo un sueño.

Por Víctor César Villalobos “El Chiva”

1

C’est l’histoire d’un homme qui tombe d’un immeuble de cinquante étages. Le mec, au fur et à mesure de sa chute se répète sans cesse pour se rassurer: jusqu’ici tout va bien, jusqu’ici tout va bien, jusqu’ici tout va bien. Mais l’important c’est pas la chute, c’est l’atterrissage.”

[La Haine, Mathieu Kazzowitz, 1995]

2

El callejón oscuro, sucio. Trazos de Frank Miller o de una película de cine negro de los cincuenta. Un cuerpo es arrojado de lo alto de un edificio, al hacer contacto con el piso, el crujido de todos los huesos es audible, es música que imaginó Stravinsky.

“Ya valió madre”. Se dijo para sí, una vez que se vio envuelto en aire y vértigo. “Jusqu’ici tout va bien, jusqu’ici tout va bien”, recuerda haber escuchado en alguna parte.

Sólo espera el apagón total, sabe que los suicidas mueren antes de hacer contacto con el frío concreto. Un paro de las funciones vitales evitaría que el estallamiento de vísceras, el dolor indefinible de los huesos rotos, el lento pero constante desangre… jusqu’ici tout va bien, jusqu’ici tout va bien... acabe con su existencia.

Una a una, las ventanas de los pisos suben lentas. Están hechas de una sustancia pegajosa. El hombre sigue en caída libre: Recién ha tocado el piso 43 con los dedos. Impulsivamente se lleva los residuos a la boca. Saben a miel con sal. Si hubiese nacido a las 33 años, el día de la muerte de Cristo, se hubiera llamado Altazor. Hoy no. Hoy tiene apenas 17 o 18.

No ve su vida pasar. Tampoco empieza a vislumbrar el túnel. “La existencia es una caída acabada: no caerá; caerá; no caerá; caerá. La existencia es una imperfección” y hay que buscar siempre la unidad, huir…

Jusqu’ici tout va bien…

3

Dos o tres tipos. Sus caras: la misma razón del miedo. Sus mandíbulas, anchas como sus puños. Guardan y muestran una quijada diseñada para arrancar, de ser necesario, una cabeza a dentelladas; en sus manos, las armas se ven como juguetes. Los maleantes son del tamaño de un ropero. Sería un cliché que vinieran engominados, enfundados en lentes oscuros y vestidos con trajes negros… Esa es la apariencia.

No supo si era un asalto, venían a matarlo o qué. Se encontró rodeado, los golpes los recibía con miedo y adrenalina. A cada puñetazo, a cada cachazo, se iba volviendo más insensible, pensaba más claro.

Uno levantó la pistola. Para esquivar el plomazo, decidió, como en efecto “bullet” esquivarla. No lo logró, pero tampoco sintió dolor. Decidió que era suficiente, miró el paisaje eléctrico de luces y de estrellas, calculó los cincuenta pisos del edificio. Sintió la indiferencia de la gente… se aventó.

El tipo, a medida que va cayendo, se repite sin cesar; para tranquilizarse: “Hasta aquí, todo va bien; hasta aquí, todo va bien…”

4

Un cuerpo es arrojado de lo alto de un edificio, al hacer contacto con el piso, el crujido de todos los huesos es audible, es música que imaginó Stravinsky. Dibujado por Frank Miller, el cuerpo permanece inerte, pero no hay sangre.

Pero lo importante no es la caída, sino el aterrizaje.

Se levanta, mira alrededor de ese sucio y oscuro callejón, el olor a químicos lo marea… Está vivo. Se sacude el polvo de sus pantalones de mezclilla raídos, su camisa de leñador a cuadros. Se acomoda el cabello largo que le llega a los hombros y se le emnaraña en la cara.

 

 

Víctor César Villalobos “El Chiva” (Guadalajara, 1978) no tiene mucho qué decir de sí mismo. Es melómano irredento y escribidor. Como Bartleby, preferairía no hacerlo.