Cuando el gordo le pega al asiento, lo más probable es que el camionero se encabrone

Por Roberto Medina (@chinomorocho)

– ¡Pin pirinpa piririnpa pa!

Le pega al asiento de adelante, como si de un bongó inarmónico se tratara. Sus manos gordas tratan de ir al arrítmico paso de la tonada que tararea.

– ¡Pin pirinpa piririnpa pa!

Le pega todavía con más fuerza. El ruido corre por el pasillo del camión que, cosa rara, tan sólo tiene unas cinco personas en su interior poco antes de las 16:00 horas. Ubicado a medias del vehículo, vuelve a la carga.

– ¡Pin pirinpa piririnpa pa!

El chofer aprovecha el alto y le lanza una mirada encabronada por el retrovisor. Cejas bien arqueadas y el gesto seco.

-¿Ya estuvo bueno de pegarle al asiento, no?

-¿Qué?

-Pues que ya estuvo de que le pegues.

Así, de puro coraje y como no queriendo la cosa, vuelve a repetir el golpeteo. El chofer insiste con su mirada, parecida a la que un padre le echa a un hijo cuando éste se está portando mal, pero no puede regañarlo porque hay demasiada gente alrededor.

-¿Qué? ¿Quieres que me baje?

No termina de decir la frase cuando ya se apoya en el borde del asiento que antes golpeaba para levantarse. Deja a la vista una espalda ancha, como de un toro flácido, enfundada en una playera gris que apenas resiste el volumen de su dueño. Camina hacia delante con los puños cerrados; lo hace lento, como quien cruza la calle cuando el semáforo recién le ha cedido el paso.

El chofer no despega la mirada del retrovisor. Deja una mano lista para cubrirse de algún puñetazo inesperado, mientras la otra desabrocha el cinturón de seguridad, por si le dan chance de levantarse antes de iniciar el pleito.

El pasajero llega a un costado del chofer. Éste sigue sentado y ya no ve al retrovisor; ahora sus ojos se posan en la morena cara de quien, en cualquier momento, podría ser su contrincante.

-Ten

El gordo extiende la mano para entregarle el boleto al conductor. Éste lo sujeta sin verlo; la vista está atenta a cualquier movimiento brusco posible. Toma los seis pesos a tientas, con esa maña que todo buen camionero desarrolla, y se los entrega.

Todo parece indicar que ahí termina el asunto. Ingenuos los que piensan eso. El gordo da media vuelta y baja el primer escalón. El chofer sigue mirándolo fijamente. El gordo siente esos ojos que lo acuchillan por la espalda; vuelve a dar media vuelta y es justo ahí cuando todo comienza.

-¡¿Qué!? ¡¿Qué chingados me ves?!

-¡¿Pues qué quieres cabrón!?- El chofer sigue sin tomar la iniciativa de levantarse, sólo inclina el cuerpo como si tuviera la intención de hacerlo en cualquier momento.

-¡Párate puto!

El camión ha estado parado durante unos tres minutos, sin que ninguna circunstancia ajena al pleito se lo obligue. Pero ningún pasajero reclama la pérdida de tiempo. Todos atentos, con los ojos pelones.

El gordo baja de prisa, casi corriendo, los tres escalones que lo separan de la banqueta. Una vez abajo, vuelve a retar.

-¿Qué? ¡Bájate para agarrarnos a putazos!

Todo indica que el chofer tiene más intenciones de cerrar la puerta y arrancar, que de bajarse del camión y tener una pelea que, por condiciones físicas, sin duda alguna le costaría mucho trabajo ganar.

-¡Bájate puto!

No, no tiene la intención de pelear. Cierra la puerta y arranca. Lo último que se escucha del gordo es un “¡chingas a tu madre puto!”. A otro le tocará ese tarareo. A otro le tocarán esos putazos.

 

Roberto Medina Polanco. Le quedaban dos opciones: usar lentes o comenzar a entrenar a su perro para que lo guiara. Para fortuna de su pequeña mascota, optó por la primera. Siendo aprendiz de periodista y con anteojos, se dio cuenta de que no basta para ser Supermán o El Hombre Araña. El café y el Twitter, sus otras dos adicciones, siguen intactas.