El diablo sólo existe para quitarnos las culpas y para pasar malos ratos. A veces, como en esta crónica, hace que un viaje paradisiaco se convierta en un infierno.

Por Víctor César Villalobos “El Chiva”

…Las cuitas y desgracias del Diablo (en la Nueva España)

inspiran no sólo conmiseración sino cierta simpatía.

Luis Weckmann, La herencia Medieval en México

Algo venía viciado y roto desde que salimos de Guadalajara. Quizá fue un pacto con el Maligno que no aceptamos en todas sus consecuencias. Algo olía a azufre desde el reino de la Nueva Galicia.

Es el Diablo quien deja su rastro en la orilla negra de la Boca de Tomatlán, exponiendo su cola de carbón y agua aceitosa. Fue el Diablo también quien nos asignó al panguero que parecía borracho -y no de mar- pero sí de ahogado.

El diablo quiso parar el motor de la panga justo en medio del mar, mientras bebíamos raicilla -elíxir de otro demonio llamado tradición-, esto de acuerdo a Hacienda. El diablo quiso también que el correoso, moreno y bigotón lanchero abriera las entrañas de la máquina y, por fin, con humo blanco, se sellara el destino de ese fracaso. Enfilamos a Quimixto después de pasar por el muelle de Las Ánimas y su coro fantasmal de restaurantes.

Fue el Diablo quien dictó que el lanchero decidiera que era mejor bajarse al inicio de la playa, justo donde rompen las olas, para ahorrarse un poco de gasolina. También el Diablo ordenó a esa ola embestir la panga por la popa y casi hundirla. El Diablo también me susurró al oído que Daniela se caería. Que lo mejor sería caer yo solo, pero llevando encima su morral con su cámara digital y su teléfono celular.

Fue Satán, lo juro, quien me hizo saltar por el costado de la lancha, hacerme pensar que estaba a salvo para sólo amarrarme los pies con arena y elevar otra ola que me abrazó -húmeda y viscosa- dejando mi grabadora digital, iPods y demás aparatos inservibles.

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Es cierto entonces que el camino al infierno está lleno de las piedritas de las buenas intenciones, como en partes de la playa de Quimixto.

Belcebú vivía en la idea poética de guardar una de las botellas de tinto con todo y su corcho para aventarla al mar con un mensaje en el que estuviera escrita esta crónica pasada por agua salada y náufraga.

Belcebú acechaba desde la noche de las fogatas vecinas, desde ese puto frío que sentimos en la noche de la casa de campaña. Era su aliento que lo hermanaba con la muerte, con el deseo de que llegara Aurora de Rosáceos Dedos a acariciarnos sólo para morir un poco menos, sólo para vivir un día más.

Era Belcebú también quien roía de óxido el muelle al final de la caminata, quien mostraba el caminito donde bebí un par de cervezas con los amables lugareños, donde me olvidé de la pálida cara de Daniela.

Fue Él y no el Gobierno quien decidió que la carretera no fuera costera y dejara a Quimixto y a don Pablo, de 85 años de edad y el más viejo del pueblo, en el olvido y la miseria, quejándose de los 60 pesos por viaje que pagan a los Carontes que los dejan en La Boca.

Fue el Diablo, a través de las mujeres, quien arruinó a José. Él hacía viajes de materiales de reciclaje a Guadalajara forrándose de billetes, pero prefirió el alcohol y el aroma. Ahora se dedica a la construcción con un sobrino abogado que, cuando le paga, le paga mal.

Ahora puedo asegurar que fue el Diablo vestido de oveja a quien me encontré de camino de regreso al campamento. Una sirena que con su canto logró convencerme que el mástil al que estaba amarrado estaría mejor guardado en una milenaria cueva.

Mujer, mujer,

El Diablo está aquí en la puerta,

¿por qué no te haces la muerta?

¿Por qué no bailas can-cán

para mí?

Fobia, “El Diablo”

 

 Víctor César Villalobos “El Chiva” (Guadalajara, 1978) no tiene mucho qué decir de sí mismo. Es melómano irredento y escribidor. Como Bartleby, preferairía no hacerlo; aunque a veces lo disfrute sádicamente.