Son muchas las historias que pueden contarse alrededor del llamado «parque rojo», cuyo nombre real es Parque de la Revolución, ubicado muy cerca del centro de Guadalajara. En él, a diario, conviven decenas de personajes y se tejen escenas, como la que captó un sábado el autor de esta estampa.

Ricardo Gómez

 

El filo de las katanas cortaba hacia el cielo. Los dos guerreros aguardaban mudamente el movimiento del otro para responder el ataque en el duelo a muerte, sin tregua, sólo uno saldría con vida.

Sostenían con sus dos manos la larga empuñadura de sus legendarias espadas samuráis. La hoja de acero reposa junto a sus orejas, su antebrazo por delante de sus rostros deja apenas una fuga para la mirada que no se aparta y sostienen agresiva, ambos en una coordinada y bella posición de ataque.

Un suave viento pasó entre los guerreros como si fuera un murmullo en la batalla, llegó para ser testigo del duelo. Levantó una ligera capa del polvo rojo que pisaban con sus suelas e hizo sonar las hojas de los árboles y arbustos que les rodeaban, como si cantaran un réquiem prematuro para alguno de ellos.

Seguro estoy que, al oído de los samuráis, ese mismo viento hizo silbar el filo de sus katanas a través del acero damasco con el que están forjadas. Todo sin mover sus cuerpos entrenados para la batalla, en una danza perfecta, pero sin pasos.

Yo tampoco me muevo, no quiero ser el responsable de un obituario.

El sol también quiere ser testigo de la batalla legendaria. Se asoma entre las ramas de los árboles hacia la arena que acoge a los guerreros, dibuja en el suelo figuras de luz y sombra que se mueven al son del réquiem de las hojas, de vez en cuando uno de esos rayos toca una katana para hacer brillar su filo.

Todo en la eterna pausa que guardan los samuráis, mientras observo en una de las bancas construidas de ladrillo y enjarre, pintadas de amarillo y rojo, en un parque urbano de Guadalajara.

Un movimiento en falso de cualquier guerrero desencadenaría la inminente embestida del otro con resultados fatales; en este punto de la batalla la concentración es fundamental, no se pueden distraer ni siquiera mirar —con el rabo del ojo— el paso de los usuarios del Tren Ligero que corren a la estación Juárez para llegar rápido a su destino; tampoco hay espacio para poner atención a los acróbatas y maromeros que a unos metros de ellos también usan el Parque Rojo para practicar sus actos circenses, como cada sábado por la tarde.

No soy el único que los observa.

Mientras ellos aguardan el momento para atacar, a su alrededor forman un círculo otros seis guerreros, también adolescentes entre los 13 y 18 años, escuálidos, sudorosos, vestidos con playeras blancas con estampados de una serie de anime llamada Naruto y pantalones de mezclilla anchos que son quizá el doble de sus propias piernas, en sus cabezas algunos tienen las bandas características de los ninjas de esta caricatura.

Desde hace un par de años los observo acudir los sábados por la tarde para entrenar y armar coreografías de combate. La verdad, no usan espadas de acero damasco, sino de un plástico rígido, eso fue mi imaginación, pensando en lo bello que sería ver un duelo así, pero lo que es cierto es que sus espadas tienen la forma de una katana con hoja de un solo filo, curvada, que supera el metro de largo, y una empuñadura con el trenzado característico.

Pegado a un árbol que está al centro del escenario de batalla, sobre la tierra roja, reposan el armamento que portan consigo: arcos, flechas, lanzas, chacos, estrellas ninja, jabalina con cuerda, tridentes, látigos y cualquier otra arma que sea usada por los ninjas y una que otra salida de videojuegos, como la espada pixelada de diamante de Minecraft. He notado que cada día de saturno eligen una distinta para que sea la principal de los combates del día.

Los sábados por la tarde este parque se convierte en la sede de las tribus urbanas de la ciudad, cada una toma un pedazo de parque donde pasar el rato. Además de los guerreros samuráis y los acróbatas de circo que usan las zonas de tierra, se reúnen jóvenes darks, punketos, skatos, ellos regularmente están en la parte elevada por cuatro escalones con bancas y mesas.

Más allá, sobre el pasto y no tan jóvenes están los krishnas y sus cantos; alrededor de todo el parque se pueden observar a las famosas “Nenis”, mujeres microempresarias que venden productos por redes sociales y entregan en el Parque Rojo, la respuesta a la pregunta memera: “¿dónde entregas?”.

La vida de esta fauna urbana ocurre mientras los guerreros samuráis mantienen su posición de ataque. Pero la paz está a punto de romperse. Uno descifró la debilidad del otro, rompió la armonía de la danza muda cuando dio un paso hacia adelante, inició el combate.

(Esta crónica fue leída en el programa Polífónica de Radio UDG por el autor)