Es verano, es tiempo de viajar, pero quienes estamos verdaderamente conscientes
de la situación que vivimos, preferimos no hacerlo. Mejor viajar recordando,
hurgando en la memoria y reconstruyendo aquellos momentos que nos hicieron
felices. Así el autor de la siguiente crónica, que nos lleva de la mano, con ellas, por
media Europa.

 

 

Eduardo Jorge González Yáñez

Foto de Vitor Pinto en Unsplash.

 

Compramos los vuelos en un Liverpool, a mediados de abril. Nos quedamos de ver ahí a una hora a la que nadie llegó, para cotizar los boletos de avión en El corte inglés. Pasamos, antes de aquella bendita resolución, horas discutiendo cuál sería la mejor ruta, cuáles las paradas más convenientes, cuál la agencia de viajes en línea más económica, cuál la opción con mayor número de meses sin intereses y cuáles las escalas más provechosas: las más cortas, con el riesgo de perder los vuelos de conexión, pero la bendición de llegar más pronto; o las más largas, con el mismo riesgo, pero el beneplácito de salir de los aeropuertos y deambular en La Habana, Copenhague o Nueva York.

Ante la desavenencia —que, sin convertirse en un suplicio inaguantable, reinó durante todo el viaje—, decidimos someternos al azar de la velocidad con la que los dedos de la vendedora de la departamental ingresó en su motor de búsqueda todas nuestras especificaciones.

—Queremos salir de la Ciudad de México rumbo a Roma, el día 24 de junio —dijimos a la típica señora a la que en México, sin saber nada de ella, hemos dado en llamar señorita, dos minutos después de haber decidido que cada quien llegaría a la capital como nuestro dios nos diera a entender. La que nos convenció de ir a Italia, volaría de Tijuana. La que, para nuestra desgracia, nos engatusó de pasar un día en Milán, llegaría de Culiacán. Y el que escribe, que quería tener todo bajo control, viajaría desde Tuxtla Gutiérrez—. De regreso salimos de Ámsterdam a Guadalajara, el 6 de agosto.

Un segundo antes de pagar, volvimos a desconvenir. ¡Qué tal que volvemos a buscar en línea y nos sale más barato! —les dije—. Así lo hicimos y atinamos. Entre brasieres y calzones, del departamento de lencería de la tienda, sacamos nuestros celulares y encontramos una alternativa más económica en internet.

La de Tijuana dice que es de Tijuana pero tiene pasaporte gringo. Con esa llave abre el mundo y con boleto de avión en mano, tenía todo listo; la de Culiacán tuvo que renovar su pasaporte mexicano; yo preparé mis documentos y nos quedamos de ver en la Ciudad de México el 23 de junio en la noche. Los tres planeamos aterrizar en México al mismo tiempo, pero con los retrasos de rutina en el aeropuerto Benito Juárez, al mismo tiempo no aterrizó ninguna. La de Culiacán se fue a un hotel en Periférico Sur y yo a un hostal de mala muerte a espaldas de la catedral. En la mañana del 24 llegó cruda la de Tijuana y me acompañó, en una travesía para ella insospechada, a llevar unas cartas que tenía yo que entregar a la presidenta de ONU Mujeres en México y a Marta Lamas en la UNAM. Comimos en una fonda cerca de Ciudad Universitaria y me maldijo por tanto caminar. Tomó el mando, pidió un Uber, pasamos por nuestras maletas al hostal y nos dirigimos al aeropuerto.

—No se vayan a llevar todo su guardarropa. Allá, entre ciudad y ciudad, vamos a movernos en tren o en camión y no hay espacio para sus maletones. Llene cada quien una maleta de diez kilos y su equipaje de mano —les advertí algunos días atrás, como sobrecargo de Viva Aerobus que no admite kilos de más. Aceptaron solo después de mucho protestar mi herejía, renuentes a creer que osara sugerir llevar diez kilos de ropa para mes y medio de viaje. Atascamos todo lo que cupo en las diminutas maletas y nos encontramos con la culichi en el mostrador de Lufthansa.

—¿Cuándo entró usted a México? —interrogó el señor, al que en México hemos dado en llamar joven, a la gringa.

—Aquí vivo. Tengo doble nacionalidad.

—¿Y dónde está su pasaporte mexicano?

—No lo tengo —le respondió para escándalo de ella y de quienes a un lado, absortos, oíamos la conversación.

—¿Y su permiso para entrar a México como estadunidense? —le preguntó el hombre, tan sorprendido de que no lo tuviera, como nosotros de que le pidieran tal cosa. En la aduana para entrar de San Diego a Tijuana, dejada, como está, de la mano de dios, nunca le habían requerido aquel papelito. Con la presión de quien sabe que el avión se va con o sin nosotros, corrimos al módulo de Instituto Nacional de Migración para que la transgresora obtuviera, a cambio de sus respectivos 600 pesos, su permiso para estar en el país.

Llegamos después de trece horas a Frankfurt, recibidos por policías que parecen tallados a mano. Disponíamos de escasas dos horas para pasar los filtros de seguridad e inmigración —lo que en México hemos dado en llamar «hacer aduana»— y toda la suerte que pudiéramos tener. El aeropuerto es tan inmenso como la fila que hacemos todos y todas quienes tuvimos la fortuna de no nacer en Europa, para llegar con el oficial que nos dejó pasar solo después de decirle que no planeamos quedarnos en vivir, que en mes y medio nos regresamos, que vamos a hacer escuela de verano en Praga, que pagamos una parte del viaje con nuestro trabajo y otra con el de nuestros papás y que antes y después de estudiar, vamos a dar el rol.

Fuimos los últimos en abordar, veinte minutos después de la hora límite, y lo hicimos de milagro y gracias a la máxima velocidad con la que mi cadera deforme pudo correr. Desde ese día debí haberme percatado de lo que, hasta algunas semanas después, la del permiso para entrar a México tuvo a bien aclararme: «No soporto que me corretees y prefiero perder el vuelo, el tren, el camión o lo que sea, antes que correr». No sé si en verdad prefiera eso o si solo me lo dijo para hacerme enojar más de lo enojado que ya estaba durante la discusión en la que me soltó tal declaración. El caso es que ni una ni la otra corrían ni en defensa propia y la puntualidad no es la mejor ni la peor de nuestras cualidades: simplemente no la conocemos. Desarrollé entonces una especia de taquicardia durante aquel viaje, que se instalaba en mi sistema circulatorio con cada tren, camión o avión que abordamos apenas.

—¿Aquí vamos a esperar hasta las tres de la mañana? —me preguntó una de las dos, cuando aguardábamos la llegada del camión que nos llevaría a Florencia, sentados a media noche en la banqueta de alguna de todas las centrales de camión de la capital italiana. Todo cierra temprano en Europa, pero no imaginé yo que hasta la central de autobuses. Dadas las doce en punto, un guardia cerró todo y nos puso en la vil calle.

Si en algo acordamos es que la mañana siguiente, llegando a la tierra de Dante, fue de los peores momentos del viaje. Y llevábamos cuatro días del otro lado del mar. Teníamos hambre y eso me pone de mal humor a mí. Teníamos sueño y eso pone de malas a cualquiera, especialmente a ellas. No encontrábamos el hotel y cuando lo encontramos, no había nadie para atender y darnos la llave de un cuarto en el que pudiéramos descansar. Finalmente lo resolvimos, desayunamos la peor baguette que he comido en mi vida y acordamos que Florencia es de las mejores ciudades que conocimos.

De ahí todo mejoró. La obstinación de la que nos convenció de ir a Italia era conocer Cinque Terre y allá fuimos: un Parque Nacional a la orilla del Mediterráneo, con cinco pueblos suspendidos y apartados de la inmundicia, donde todo es disfrutar. Llegamos después de una breve y obligada parada en Pisa y nos instalamos en el departamento de un tercer piso frente al mar. Comimos, hablamos, nos asoleamos, caminamos, compramos vino, lo bebimos, seguimos hablando, nadamos, descansamos, compramos más vino, lloramos y volvimos a hablar. Los residuos del alcohol en nuestro cuerpo, y el cansancio acumulado de descubrir todas las calles de Roma en tres días, nos tumbaron a la mañana siguiente, a la orilla de todos los azules de ese mar, sobre las piedras que los italianos tienen por arena y entre todo nuestro equipaje, hasta que el sol amenazó con desaparecer al final de aquel día bendito y glorioso. Solo nos levantó del idilio la prisa con la que corrimos a la estación de tren para tomar el nuestro a Milán.

En Milán estuvimos solo un día para cumplirle a la que quería conocer. Suficiente tiempo para que mis dos compañeras pagaran, por tercera o cuarta vez, cinco euros por un harapo que les cubriera el escote para entrar a la catedral. No vaya a ser que dios les mire los hombros. Llegamos corriendo a la central de autobús y abordamos el segundo de tantos flexibus que nos trasladaron durante ese verano. Internet, café y olor a pies incluido. Y si va uno sentado junto al baño, pues olor a baño, por no decir más.

En Praga estuvimos cuatro semanas. Por las mañanas, de lunes a viernes íbamos a la escuela. Al salir, cruzábamos la calle para comer en el restorán donde el programa escolar nos incluía la comida, solo para confirmar que como la comida mexicana no hay dos y que la checa no es para nosotros. Por las tardes caminé decenas de kilómetros; algunas acompañado de mis amigas y otras, solo. Tenían ellas que dormir para reponerse de las salidas de fiesta de las que volvían a las ocho de la mañana y a las que un par de veces fueron acompañadas por mí y otras, solas. Tenía yo que dormir para reponerme de las caminatas con las que se me reveló una ciudad detenida en el tiempo, pero tan vigente como cualquier otra.

Los fines de semana, después de mucho dilucidar y valorar alternativas, viajábamos. El primer fin a Viena y el segundo, a Dresde y al Parque Nacional de la Suiza Bohemia. El fin de mi cumpleaños, haciendo uso de la facultad que tiene un cumpleañero para tomar malas decisiones, a Auschwitz, en Polonia y, para compensar, a Budapest, junto con unos capitalinos —que en México hemos dado en llamar chilangos— que me presentaron mis amigas y que me arrepentí de no haber conocido antes. Y el último viernes en la madrugada partimos rumbo a Berlín.

La idea era llegar temprano para arreglarnos y asistir a la marcha del orgullo gay en la capital alemana. No contaba con el implacable sueño de mis amigas, solo abatible con una siesta de varias horas. Llegamos al hotel y pactamos reponernos con una pestañita de media hora. No sé si me oyeron mal o si cuando pactamos ya estaban dormidas, el caso es que durmieron todo el día y me fui, disfrazado, a marchar. Yo y mis circunstancias. Me alcanzaron solo cuando el sol se ocultaba en el horizonte berlinés y un enojo que suelo ocultar se había instalado en todo yo y particularmente en mi garganta. El nudo se convirtió en principios de una terrible infección, del tipo de las que mi mamá me enseñó que solo pueden ser resueltas con antibióticos —para los que, a finales del viaje, ya no teníamos dinero— o expresando mi malestar. Muy a mi pesar, resolví que aún sobre todas nuestras diferencias invivibles, más invivible era viajar sin ellas. Se los dije y santo remedio.

Salimos de Berlín rumbo a Bruselas en otro Flixbus al que llegamos corriendo. La que nos llevó a Milán, y que un par de meses previos al viaje renovó su pasaporte, decidió que era buena idea guardar su documento en las entrañas de su maleta, cargar la maleta en las entrañas del autobús, en el guardaequipaje, y olvidarlo todo después. Cuando a la del pasaporte gringo y a mí nos pidieron identificarnos, lo hicimos sin problemas y abordamos el camión. Cuando se lo pidieron a la del pasaporte oculto, puso el grito en el cielo ante tan preciado documento extraviado. Abordaron todos y todos arriba se impacientaron porque una mexicana detenía la partida ante su incapacidad de identificarse. Bajé del camión a ayudarla, pedimos que nos devolvieran su maleta y emprendimos una búsqueda furiosa por el bendito papel. Lo encontramos al tiempo que el camión empezaba a moverse, como pudimos regresamos los quince kilos de ropa dentro de la maleta hecha para diez, la cerramos y corrimos a la puerta del autobús en movimiento que, sin tentarse el alma, el chofer había comenzado a cerrar.

En Bruselas no hablé el francés que me tomó tres años aprender ni para pedir un simple café. En inglés nos dijeron incluso que nuestro camión a Brujas se había cancelado y que tendríamos que esperar algunas horas para tomar el siguiente. En los canales de esa pequeña ciudad tomamos un recorrido en lancha, del que la del pasaporte extraviado nos había advertido que no podría prescindir. Vagamos por las calles de aquel lugar que en sueños se invoca y se aparece como milagro, para terminar en un bar en el que mis compañeras consagraron en carcajada todo pesar aguantado hasta entonces.

Salimos de ahí al borde de la hora límite para alcanzar nuestro camión a Londres, con la suerte insospechada de llevar el necesario tiempo de sobra para que a la que no le gusta que la apresure vomitara en uno de los botes de basura de la estación. Para sorpresa de mi más desgastado de lo que me gusta admitir sentido de asombro, cruzamos el Canal de la Mancha por el Eurotúnel de ida y por ferry de vuelta y el niño que apenas vive dentro de mí relució como el que por primera vez se maravilla ante lo inusitado. La aduana para mi paisana culichi y para mí llegó solo después de la fila inmensa que segrega a los europeos de los mortales. La que vomitó en la estación accedió a la de los europeos con la facilidad que obtiene solo quien muestra su pasaporte azul.

Londres se apropió de toda nuestra fascinación. Al ver las casi seis libras que costaba cada traslado en el metro, la caminamos toda. Incluimos en nuestro recorrido aquella ciudad, inesperada en todas sus calles, cuando de último momento nos percatamos que nos sobraban tres días. Se cumplían más de seis semanas de comer McDonalds —yo en su opción vegetariana— y ni eso nos arrebató el estupor. El pedazo de hotel era un cuchitril que apestaba a orines, cuyo suelo crujía y por el que pagamos 150 libras por noche, y estábamos admirados. Perdí el letrero que rezaba «mamá estoy bien» y con el que me tomé una foto en cada ciudad que visitamos, y el sentimiento de inabarcable satisfacción por haber decidido modificar nuestro itinerario sigue, hasta hoy, creciendo. Encontramos la Elizabeth Tower —que todos y todas hemos dado en llamar Big Ben— cubierta de los andamios donde trabajan quienes desde hace dos años tienen la tarea de restaurarla. Las obras empezaron en 2017 y tardarían hasta 2021, pero más que decepción, nos exigió la promesa de regresar para conocerla sin envoltura. Casi perdemos (otra vez) el camión a Ámsterdam y todos convenimos en que Londres fue lo mejor. La urbe es absolutamente increíble; sus museos, infinitamente generosos; sus parques, un portento y el Támesis, un prodigio donde uno atestigua la eternidad.

De cualquier manera, la última parada tuvo lo suyo. La tijuanense y la culichi no entienden por qué me gustó tanto; será que Tijuana y Culiacán tienen también lo suyo. Pero Ámsterdam me pareció inverosímil. Inimaginable. Sin esperar nada, cansado de caminar cientos y cientos de kilómetros durante varias semanas, encontré un tesoro inaudito enclavado a la orilla del lago artificial Markermeer, capital de un país al que el mundo ha dado en llamar Holanda, pero cuyo nombre es realmente Países Bajos.

—Acuérdate de dejar tu visa y tu pasaporte adentro de tu maleta y documentarla, al cabo son documentos que casi nadie te pide cuando viajas —le dije a la del pasaporte empacado, con todo el sarcasmo que hay en mí, el día que regresábamos a México y cerrábamos por última vez nuestras piezas de equipaje.

—Ni siquiera traigo visa —me contestó riendo, como tratando de desmontar mi burla.

—¿Cómo que no traes visa?

—¿Para qué la quiero?

—Volamos a Houston. De ahí sale el vuelo a Guadalajara.

Solo ahí conocimos, aunque más ella, lo que es que se vaya el alma al cielo. De alguna inexplicable manera, sin visa, engatusó —como nos engatusó a nosotras para pasar por Milán— a la neerlandesa del mostrador de KLM que nos entregó, sin más protesta que un par de preguntas, pases para abordar el avión a Houston. En suelo estadunidense, la gringa pasó, literalmente, como Pedro por su casa, mientras yo me mordí las diez uñas haciendo la fila para pasar los filtros de inmigración junto a la indocumentada. La detuvieron, la amedrentaron y la dejaron pasar solo a cambio de una multa de 600 dólares.

Abordamos el último avión, camino a Guadalajara, con la seguridad de que aun con todos los altibajos, juntas tendremos que volver.