Ante la circunstancia que vivimos, existe la percepción de que los robos han aumentado. Lo cierto es que cada vez nos toca escuchar historias más cercanas de robos y asaltos. La siguiente es una historia de esas, que aunque no le tocó a quien la relata, sí fue testigo en primera línea de lo ocurrido.

 

Jorge Bátiz Orozco

 

Sólo salgo para renovar la necesidad de estar solo

Lord Byron

 

 

El reflejo del puñal se clavó en mis ojos: lo miré con temor, comprobé la verdad de su existencia y me quedé paralizado, no me moví, pero no perdí detalle de lo que estaba sucediendo ahí, frente a mí, en plena avenida Juárez, enfrente de la llamada Plaza Universidad y a plenas dos treinta de la tarde.

Guadalajara, ciudad limpia y amable, era nuestro slogan; qué lejos quedó de la realidad.

Me bajé del Uber y me interné en el cajero de Coppel para realizar una transacción emergente, es decir: iba a sacar dinero para pagarles a ellos mismos y evitar una parte de los intereses, pagando una comisión similar; es decir: me estaba haciendo tonto yo solo.

Las ventas, con la pandemia que nos acompaña, bajaron ostensiblemente, podría asegurar que en más del cincuenta por ciento.

Saqué cinco mil pesos, los guardé en la billetera y salí de la cabina en donde habita el cajero para internarme en la tienda.

A la entrada de la misma sentí que un reflejo de luz me jalaba, miré hacia afuera en donde observé que dos sujetos interpelaban a un joven ahí en la parada de los camiones, esos que llevan aire acondicionado.

Me llamó la atención la entrevista y lejos de entrar a cumplir con el cometido que llevaba de pagar mi tarjeta de crédito, me quedé observando.

Los sujetos se colocaron a ambos flancos del joven, uno de ellos sacó de su pantalón un puñal que colocó diligentemente sobre la parte posterior baja derecha del joven, poco arriba de la nalga, en donde supongo se encuentra uno a los riñones.

El arma que brillaba ante el reflejo solar hacía su labor de convencimiento, ya que la joven víctima comenzó a deshacerse de sus pertenencias para entregárselas a los delincuentes. Yo, mientras tanto, me debatía con mi conciencia, en virtud de si debía ayudar al pobre muchacho o hacerme el occiso, a sabiendas de lo que me pasaría por meterme en donde no me estaban llamando.

Pensé que si fuera yo la víctima me gustaría que alguien me ayudara, pero ni así opté por intervenir.

Los malandros se embolsaron todo lo que traía el muchacho, pero no lo despojaron de su mochila, seguro porque estaba vieja y deshilachada; le quitaron su billetera, reloj, el celular y hasta un anillo.

La operación duró unos dos o tres minutos, que, a mí, ante el nerviosismo que ya me había abordado, me pareció mucho más larga.

Los atracadores, en lugar de huir, pasaron a mi lado sin reparar en mi existencia y se internaron en la tienda en donde quizá pretendían cometer otro robo.

Apenas los vándalos entraron fueron interceptados por un par de chicas que, portando el uniforme de la tienda, les ofrecieron gel antibacterial y les dispararon con la pistola termómetro.

—Todo bien, bienvenidos, les dijo la chica que cumplía con el protocolo preventivo.

Los tipos dudaron hacia qué departamento dirigirse, ya que vieron que estaba todo acordonado, en tanto, apareció la víctima, quien comenzó a gritar como desesperada: ¡seguridad, esos sujetos me acaban de asaltar!, ¡ayúdenme, por favor!

La poca gente que se encontraba en la entrada de la tienda se sorprendió y se colocó en calidad de espectadora, nadie se movía de su sitio, una de las empleadas de Coppel le pidió al recién asaltado que se embadurnara de gelatina antibacterial.

Al tiempo que se frotaba las manos el joven insistía en que lo habían atracado.

¡Por favor, esos tipos me robaron!, seguía gritando el muchacho señalando a los culpables.

Los tipos a los que señalaba lo llenaron de insultos.

 

—Estás pendejo, no sabes lo que dices, le gritó uno de los malandros.

—Está drogado el idiota este, dijo el otro.

 

En ese momento di unos pasitos para decir que era cierto lo que decía el muchacho, quien con trabajos superaba los 18 años, pero me detuvo la chica para pedirme que me untara gel.

Los gritos se hicieron intensos: por un lado, la víctima insistía en que los detuvieran, mientras que los asaltantes negaban las acusaciones.

Pasaron pocos segundos cuando se apersonó un sujeto de casi dos metros de estatura, quien traía un tolete colgando del pantalón.

Los asaltantes al verlo buscaron la puerta de salida, no sin antes dar un empellón a su víctima al que todavía alcanzaron a amenazar: “nos la vas a pagar cabrón”.

Pasaron a un lado sin verme y doblaron a la derecha corriendo a gran velocidad por la calle de Juárez, mientras que el guardia se iba en pos de ellos, acompañado de la víctima.

Dejé en suspenso la acción para subir las escaleras para llegar hasta las cajas de Bancoppel, en donde realicé el pago de la tarjeta de crédito.

Cuando salía de la tienda me topé en la entrada con el guardia y la víctima del atraco.

 

—Se pelaron, dijo el guardia.

—Hijos de su pinche madre, contestó el afectado.

 

Cambié la idea de regresar a casa en el camión, pensando que me podría encontrar con los delincuentes y pedí un Uber.

Ya sano y salvo, le platiqué al conductor sobre lo sucedido, a lo que me reviró con una información que me dejó más molesto que sorprendido.

 

—Son una banda organizada, me dijo el chofer, operan en toda la zona centro, asaltan a los transeúntes, despojándolos de todo lo que traen, principalmente celulares. Hace dos semanas, asaltaron la tienda en donde yo trabajaba, como el guardia intervino, días después le pusieron una madriza, por lo que decidí renunciar para meterme de Uber. Los policías saben, pero no hacen nada, siguen “trabajando” como si nada, agregó.

De ahí en adelante y hasta llegar a mi casa no hablamos más, para qué, ya no había nada qué decir.