El presente texto fue el ganador del concurso de Crónicas Cantineras, convocado por la cantina La Occidental, en el marco de su sexto aniversario. El jurado, integrado por los escritores José Israel Carranza, David Izazaga y el periodista Jonathan Lomelí, destacó en su dictamen que “el autor incursiona con auténtico interés social en una realidad que resulta asombrosa, y, en resumen, hace ver con absoluta novedad lo que quizás tengamos a la otra cuadra de donde estemos y que jamás nos habíamos percatado de ello”. Rob Hernández, autor de la crónica ganadora, es integrante del Taller de Crónica “El Huevo Cojo”.

 

Rob Hernández

 

Yo no creía en el amor a primera vista, nunca lo he experimentado; pero si lo he visto en alguien más y fue en una cantina. Lo vi en los ojos de aquél hombre que me pidió mi teléfono, que me preguntó si iría al pozole al día siguiente, que me invitó a seguir tomando en otra cantina y al que no volveré a ver. Esa noche observé el brillo de sus ojos y su sonrisa tímida que se esbozaba al conversar conmigo; pude sentir la sensación de alguien que se emociona cuando conoce a la persona que quiere dejar de ver por el resto de su vida.

No lo digo como un logro, lo digo como una culpa. Yo simplemente estaba ahí, sentado en El Ciervo, tomando una cerveza, mirando los cuadros de las divas mexicanas, platicando, contando mis aventuras, preguntando las suyas, con Vicente Fernández de fondo y las palabras fluyendo entre dos hombres, bebiendo en la barra de una cantina de Guadalajara.

Tiempo atrás había escuchado de una cantina llamada El Ciervo, pero nunca presté atención sobre su ubicación o quiénes iban ahí. “Fíjate que hay una cantina que está por la Calzada y casi Niños Héroes, a la que siempre he querido ir, pero no he podido. Dicen que va mucho señor, como me gustan”, me comentó un amigo. Claro, El Ciervo, ¿no?, le respondí. No sé de dónde ni cómo llegó a mi mente el susodicho nombre, pero a partir de ese momento una cantina se volvió mi obsesión.

Google no daba mucha información sobre la cantina, pero sí su ubicación: calle 20 de Noviembre, en el barrio de Analco. Al leer la dirección, vinieron a mi mente inmediatamente imágenes de mis andares nocturnos en esa zona, de todas las veces que he cruzado la ciudad por ahí, camino a casa de mis papás. El barrio de Analco es el primero que se encuentra “de la Calzada para allá”, por lo que se tiene cierto prejuicio sobre él; hoteles de paso pequeños, trabajadoras sexuales en las calles, drogadictos deambulando, tiendas de venta de autopartes de “segunda mano” (por no decir robadas), calles oscuras y la Central Camionera vieja como custodia de todo ese mundo.

Tenía años sin recorrer las calles interiores del barrio de Analco: Gante, Bartolomé de las Casas, 5 de Febrero, 5 de Mayo, entre otras. Quería ir, pero, para ser honesto, tenía miedo de adentrarme en ese mundo que había conocido de primera mano mientras estudiaba la primaria en la misma calle: 20 de Noviembre. Algo me llamaba a acudir una vez más, algo me atraía de esa cantina. No sabía ni cómo ni cuándo, pero visitaría esa cantina lo más pronto posible.

Era un sábado a las 8:30 pm y El Ciervo rondaba mi cabeza, no me dejaba. Una cantina gay, de más de 30 años en la ciudad de Guadalajara, ¡y yo no la conocía! Dicen que el ocio es el padre de todos los vicios y de los arrebatos, y ese sábado no tenía mucho qué hacer.  Sin pensarlo dos veces, agarré mis miedos, mis inseguridades y manejé hasta la Central Vieja. Me adentré en las calles oscuras y solitarias que conocía, muy distintas a la luz de día; pasé a un lado de las trabajadoras sexuales en la calle 5 de Febrero, aceleré enfrente del grupo de chicos que estaban en la esquina de 28 de Enero y Gante, di vuelta en la 20 de Noviembre, pasé por fuera de la cantina, detuve el coche un poco, vi todo muy solo y pensé en irme; al llegar a la esquina, mi instinto dio vuelta a la derecha en la 5 de Febrero, volví a pasar por la 28 de Enero, aceleré en la calle de Gante, volví a tomar 20 de noviembre; me estacioné afuera de una vecindad, vi salir a un niño descalzo con una botella de tequila en mano y a otros 5 asomarse por la ventana del departamento del primer piso; de pronto una luz me encandiló mientras estacionaba el auto.

Detrás de la luz apareció un señor de unos 60 años, delgado, estatura baja, suéter negro, camisa blanca, con lentes, peinado impecable como de Benito Juárez y con facha de bonachón, lo cual me dio confianza. Mi primer pregunta fue si era seguro el barrio. Hasta parecía que me estaba burlando de él por preguntarle eso, mientras me bajaba del coche sin dudar. Él me contestó: “Para eso estoy yo aquí”.

Me escoltó hasta la entrada, con las puertitas de madera tan características de una cantina, eso me dio un primer aire de confianza en el barrio y en el lugar. Oiga y aquí, ¿cuándo hay más gente?, le pregunté. “Pues viernes o sábados como a esta hora, o si no mañana en el pozole del domingo”.

Los domingos después de las 2:00 pm, es típico el pozole en El Ciervo; se juntan a pasar la tarde entre cervezas, canciones rancheras de amor y desamor, sombreros, risas, tequilas y besos llenos de pelos de bigotes. Un escenario sin duda prometedor.

Subí unas pequeñas escaleras y lo que me recibió fue un rostro de El Heraldo, un cuadro de considerable tamaño con la foto de Verónica Castro, que te mira y hasta parece que te da la bienvenida al más puro estilo de Mala noche, no. Ok, pensé, aquí es El Ciervo, la cantina gay más antigua de Guadalajara.

Miré mi celular con cierta cautela, aún no agarraba confianza en el lugar y el barrio, y el reloj marcaba las 9:15 pm. Solo estaba yo y otros tres hombres sentados en barra, al fondo una mesa de dos barbones con sombrero, otra mesa justo en medio del lugar, con dos señores altos, barbudos y panzones, rodeados de pantallas de 50 pulgadas, que transmitían un partido de fútbol y una rockola que para ese momento emitía canciones de la española más mexicana: Rocío Dúrcal. Parece mentira que estando en pleno 2019, no nos hayamos dado cuenta que en este tipo de lugares se rompen los estereotipos desde hace mucho tiempo. Desde hace años, en esta cantina se encuentran hombres que gustan de otros hombres pero no son afeminados, ven fútbol, no visten entallados, toman el tequila derecho, se agarran a putazos y son unos caballeros a la hora de conquistar a otros hombres. Lo siento 2019, El Ciervo te lleva al menos 30 años de ventaja en albergar nuevas masculinidades.

Me incorporé en la barra, el lugar de los solitarios. Saúl, el encargado de los tragos, me atendió, me llevó una cerveza, churros y pepinos. Frente a mi se desplegaban las miradas de María Félix, Angélica María, Silvia Pinal y muchas otras divas mexicanas que no identifiqué. Volteaba a la derecha y el hombre que estaba ahí me miraba y se volteaba, como temeroso; a mi izquierda estaba la entrada, vacía. No me quedaba más que observar a las divas, las mesas a mi derecha que estaban vacías, observar a los barbones gordos del fondo que se besaban, o refugiarme en mi celular. Pero no, sabía que algo me había llevado hasta ahí. Intenté platicar con el de mi derecha y nada; para ese momento no era tan “compa” de Saúl y en un afán de sacar plática hice la peor pregunta que se puede hacer en una cantina: ¿Y aquí cómo o a qué hora sirven la comida? Ni hambre tenía, la hice sólo para convivir.

Hermoso cariño, hermoso cariño que Dios me ha mandado, a ser destinado, nomás para mí…

Chente comenzaba a sonar y nada me era más paradójico que escucharlo en medio de una cantina gay. Hace no mucho se dejó ver la homofobia de Vicente Fernández, al decir que no dejaría que le trasplantaran un hígado, porque no sabía quién era el donante y ¿qué tal si era de un gay?; sin embargo ese día estaba siendo el soundtrack perfecto para la velada de amor de unas cuantas parejas de hombres. ¡Toma eso Chente!

Más personas comenzaron a llegar, entre ellas una pareja de mujeres que se fueron hasta el fondo. Otros dos señores que se sentaron a mi izquierda, y dos hombres más que se sentaron en una mesa, casi a la entrada. Todos en sus celulares, unos viendo el partido de fútbol, otros platicando entre ellos, otros con la mirada perdida, probablemente curando el alma, y yo ahí observando, buscando la razón que me había llevado hasta ese lugar. Quizá la razón era conocer que al día siguiente tenían un pozole de cortesía con las bebidas a partir de las 2:00 pm y habría que regresar a chingarme ese platillo mexicano delicioso.

Nadie recuerda o sabe la razón por la que el lugar lleva el nombre de El Ciervo. Solo tienen en la barra una figura de cerámica de un ciervo, con el nombre de la cantina grabado, pero ni el actual dueño, ni Saúl lo sabe. Mirando fijamente la figura, recordé esos documentales de Animal Planet en los que te explican la vida de los animales; hubo uno en que mostraban a los ciervos y su estilo de vida. Los ciervos hembras, por lo general se mueven en manadas, junto con los críos, y los ciervos machos por lo regular están solos, en grupos de no más de cinco. Mesas de dos o tres y muchos solitarios en la barra, me recordaban esa imagen de los animales que le dan nombre a la cantina.

De pronto Saúl comenzó a platicar con uno de los dos señores que acababan de incorporarse a las especies solitarias de la barra. Luis, un doctor de 58 años, pensionado, con un centro médico en la periferia de la ciudad y asiduo visitante de la cantina. Fueron en sus ojos donde vi el brillo de quién se enamora como si fuera la primera vez.

No recuerdo cómo comencé a platicar con Luis, solo sé que interrumpí su plática con Saúl. ¡Ah sí!, fue para preguntar cómo repartían la comida en la cantina. Ups. Saúl me vio feo nuevamente y se fue. Luis me contó que después de la segunda cerveza ya te comienzan a dar comida. “Oye Saúl, ¿hoy qué hay de comida?”, preguntó Luis. “Hoy hay enchiladas de queso rojas y verdes”, respondió. ¡Hijo de…! a mi me ignoró completamente cuando le pregunté. Pero no importó, ya después seríamos amiguitos.

Luis, el doctor, es un señor regordete de estatura media, tez morena, pelo negro, crespo, lacio, bigote negro. Vestido con camisa beige a cuadros, pantalones a la cintura, cinturón negro de hebilla sencilla y celular en funda de esas que cuelgan en el cinturón. Comenzamos platicar de la cantina, de que era mi primera vez en ese lugar, y por supuesto, salió a colación el tema de los domingos de pozole, después de las 2 pm.

“¿Saúl, a qué hora está el pozole los domingos?”, preguntó Luis. “Pos después de las dos ya comienzan a llegar, y pos aquí se pasan la tarde”, contestó mientras vertía los vasos sucios en una tina de agua con jabón y limpiaba la barra. “¿Vas a venir mañana?” me preguntó Luis mientras me miraba fijamente a los ojos. No sé, pero ya se me anda antojando el pozolito que tanto presumen, le contesté. “Vente mañana. Si vienes… yo te acompaño”.

La noche corría y saqué mi celular para ver qué hora era: 10:30 pm. Al principio una silla estaba entre Luis y yo. Para ésta hora, él ya se encontraba en la silla contigua a mi. La conversación había versado sobre los detalles de lo que sucedía ahí, cómo era la dinámica, quién iba y cuándo iba más gente. Habíamos tomado mayor confianza, ya no nos importaba que nos mirara Vero Castro, La Méndez, La Doña o el ciervo que estaba a un lado de nosotros. Comenzábamos a compartir detalles más íntimos de nuestras vidas.

“¿Y tú a dónde sales?” me preguntó. El tema más evidente parecía un tema tabú. Sabíamos dónde estábamos, sabíamos qué hacíamos ahí, pero no nos animábamos a pronunciar la palabra gay. “Yo por lo general vengo aquí de precopa, y antes me iba al Condado, otro bar así de señores, ¿si lo conoces?, bueno, ya lo cerraron. Pero abrieron otro: El Rodeo, ahí por Hidalgo y Federalismo”.

Había escuchado de esos lugares que me mencionaba, más nunca he sido cliente asiduo. La conversación se enfocó en él. Por muchos años ha visitado El Ciervo, ha sido testigo de cómo han pasado tres dueños por ahí. Incluso recuerda que hace mucho tiempo la barra abarcaba casi la mitad del espacio. Llevaban grupos norteños y servía de punto de reunión de lo dueños de otros bares y antros gay: del California´s, Mónicas y El Condado.

La atmósfera de una cantina, la que sea, te ayuda a generar ese espacio íntimo, en el que no importa con quién vayas, no importa quién seas, no importa de dónde vengas o a dónde vayas, siempre habrá ocasión para brindar, compartir un abrazo o entonar una canción en conjunto.

“La verdad es que me gusta venir aquí los sábados, porque es una manera de descansar un poco de la familia”. Ya estábamos en confianza Luis y yo, pero no sabía qué tanta confianza como para saber a qué tipo de familia se refería. Dudé. Me valió y le pregunté, ¿Eres casado? Soltó una carcajada y reviró “¿Por qué me preguntas eso?”. Chin, pensé que había cometido una indiscreción que podría acabar con nuestra reciente amistad cantinera. Luis siempre ha tenido muy claro su orientación sexual, a lo más que llegó fue a salir con una internista del hospital mientras hacía la especialidad, casi se casaban, hasta que reflexionó y decidió no engañarse a sí mismo ni a ella. Después de esa ocasión ha tenido parejas hombres duraderas, pero considera que las actuales generaciones no saben lo que quieren. Está soltero por el momento. Cuando habló de su familia, se refería a su madre y una hermana que viven con él.

“Y tú, ¿no tienes novio?”. Ándele, eso me pasa por andar de investigador de vidas ajenas. La plática versó en torno a cómo veíamos el compromiso de algunos hombres al buscar una relación con otros hombres, sus objetivos y que muchas veces no saben lo que quieren. A pesar de los dos ser gay, me sentía en un mundo totalmente extraño. Mi mundo era muy diferente al de muchos de los que estaban ahí, o al menos así lo sentía yo. De los lugares que yo frecuento, en ninguno me los toparía. En la vida nocturna gay, está muy marcada la brecha generacional. Muchos de los antros o bares son para chavitos, muy chavitos; uno que otro lugar para adultos jóvenes y, ahora sé, que están lugares como El Ciervo, para una generación mayor que la mía, para hombres que no encajan en el estereotipo de gay que se tiene socialmente.

Ya daban las 11:30 pm. La noche avanzaba, Luis se acercaba cada vez más, y nuestras vidas quedaban al descubierto. Otra cerveza, Saúl se había vuelto muy dichararachero, contando más historias. La cantina dejó de ser ese lugar tan ajeno que era cuando llegué. Yo tenía claro que era un intruso, que había llegado ahí por una razón que no entendía, pero estaba ahí para descubrirlo. Mi historia para este momento de la noche ya no interesaba. Había otra historia: la de Luis, que era la que nos absorbía la mayor cantidad del tiempo, la mayor cantidad de preguntas y la mayor cantidad de carcajadas.

Mientras los pepinos y los churros seguían llegando, él me comentaba las dificultades de ser gay en un mundo tan banal, visual y donde se pondera mucho la juventud de las personas. Parecía que para él ya no había mucho hacia dónde hacerse, más que deambular los fines de semana de cantina en cantina, entre tragos de cerveza, enalteciendo otros aspectos de su vida. Quizá hasta que encontrara alguien que lo conociera de manera real y profunda, dejando de lado todos los preceptos banales del “mundo gay”.

“¿Te has enamorado?”, me preguntó. Nunca creí que a esas horas, en ese lugar, una simple pregunta fuera a moverme completamente el interior, dejándome sin palabras ni explicación coherente ante una respuesta negativa. ¿Qué tienen las cantinas que hacen que se remuevan todos esos temas pendientes, que incluso, creías tenías superados? Mi respuesta fue vaga: creo que no, creo que no me he enamorado. ¿Y tú?. “Sí, he sido de relaciones largas; con uno duré 10 años, con otro 3 y con el último 2 y medio. Ahí fue donde me dí cuenta que los chavos ya no saben muy bien lo que quieren, hoy en día”.

Luis y yo estábamos cada vez más cerca. Habían bastado menos de dos horas para convertirnos en cómplices, en íntimos. Me contó que a su primer pareja la conoció en Guadalajara, con él inició un negocio de exportaciones, se mudó a vivir a Puerto Vallarta, me contó cómo su pareja eligió a Luis sobre su familia, me contó que una vez pidió a su hermano que no se metiera ni preguntara sobre la relación que llevaban ellos, me contó que eran el uno para el otro, me contó que él era el amor de su vida.

Mientras narraba todas estas historias del amor de su vida, su rostro cambió, sus ojos se iluminaron, su sonrisa se enfatizó con una alegría que denotaba mucha paz, sus manos se relajaron y su mirada se perdió en la nada. La música seguía sonando pero no la puedo recordar, sólo sus historias y cómo es que todo el bullicio de la cantina enmudeció cuando me dijo: Lo vi en una reunión y desde ese momento supe que sería el amor de mi vida, y así lo fue.

Para mí ya no existía la cantina, ni las divas, ni Chente, ni los pepinos, ni la cerveza, solo estaba esa gran historia de amor que había acabado, porque siempre lo narró en pasado; y ese día estaba ahí frente a mi, solamente recordando. Nunca había experimentado la sensación de lo que representaba el amor a primera vista, y esa noche con Verito Castro como testigo, no sólo la vi en el rostro de alguien más, la sentí, porque un amor tan grande como el que me describió, no son de los que solamente se escuchan, en este caso pude vivirlo como si hubiera sido propio.

Me sentí un intruso que no merecía ser partícipe de algo tan profundo de alguien que acababa de conocer, que me estaba abriendo su corazón y yo sólo de curioso. Decidí irme. Me terminé mi cerveza y apagué mi celular. Me comencé a despedir. No me permitió pagar mi cuenta Luis, tampoco Saúl, que se convirtió en su aliado. “No, todo está agregado a la cuenta del muchachón Luis”. Entendí la complicidad entre asiduos a la cantina. Tengo mucho sueño, ya me tomé varias cervezas, tengo que manejar, mañana tengo cosas qué hacer, comencé a poner pretextos para irme lo más pronto posible. Lo mismo que me había llevado me indicaba que era hora de partir. “Si quieres vamos a otro lado, te invito una cerveza.” No en serio, muchas gracias. Entendió mi decisión y no siguió. Ya estaba por bajar las escaleras que unas horas antes me dieron la bienvenida, cuando me asaltó una duda. Me regresé con Luis.

“¿Todo bien?”, se sorprendió Luis a mi regreso. Oye, pero si es el amor de tu vida, ¿por qué terminaron? No me podía ir sin el desenlace de aquella historia que no sólo me emocionó mientras la conocía, me hizo vivirla y entender la sensación de enamorarse a primera vista de alguien, y querer pasar el resto de la vida con esa persona. La historia sí tenía un final. Mientras vivían en Puerto Vallarta, tenían que venir seguido a Guadalajara por temas de la exportación. En una de esas ocasiones la pareja de Luis se vino manejando y en carretera se estrelló de frente con otra camioneta. Murió al instante. A él le tocó acudir a identificar el cuerpo. Así fue el final de su más grande historia de amor. Yo me quedé sin palabras.

“¿Me pasas tu teléfono?” Sí, claro. Mi instinto fue dárselo erróneo. No sé por qué tomé esa decisión. Quizá son esas acciones que se dan en un ambiente al que no perteneces, como yo en El Ciervo. “Deja te marco…” Híjole Luis, me quede sin batería, mira… (le enseñé el celular apagado), pero llegando a casa lo guardo y te escribo. Tuve miedo, no sé a qué. Quizá fue un miedo a enfrentarme a temas que habían sido expuestos esa noche y que me tomaron desprevenido, solo y rodeado de personas totalmente ajenas. Me despedí nuevamente.

“Oye, ¿pero mañana sí vienes al pozole de las 2:00 de la tarde?, si quieres aquí te veo”. Te escribo, Luis. Me marché. Regresé a esas calles del barrio de Analco y me alejé nuevamente, ésta vez con una promesa hecha a un amigo de cantina que me abrió su corazón y su vida. No lo sé, pero hoy que pienso en esa noche no dejan de venir a mi mente sentimientos encontrados, con un aroma a pozole. Quizá tengo que regresar un domingo después de las 2:00 pm, para ordenarlos y ponerle un final decente a esta historia deliberadamente inconclusa.

***