Este año se cumplieron 26 años de las trágicas explosiones del 22 de abril, en Guadalajara. La cicatriz ha cerrado ya, luego de tantos años, pero eso no quiere decir que se haya olvidado lo sucedido. En este espacio hemos publicado ya varios testimonios que tienen que ver con aquel triste suceso. Para no dejar pasar este año, así nada más, el aniversario vigésimo sexto, ahora la fotógrafa y viajera Dánae Kotsiras debuta en esta página con una crónica en la que recuerda ese día.

Dánae Kotsiras

 

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La jícara se vacía sobre la tierra de las macetas, mi mano derecha dirige la orquesta de agua que diluye los tonos cálidos de esta sinfonía de abril.

La melodía de la voz de mi abuela se cuela entre el verde follaje de su jungla casera, su acento pueblerino mitiga el sonoro rugir del caos que impera ahí donde comienza el marco de esa enorme puerta de madera que da a la calle de Santa Mónica.

Se siente en el piso la vibración de un camión que sube por la calle Garibaldi con ruta hacia Santa Teresita y otro camión que baja por la calle Reforma camino a los desconocidos terrenos que están de la “Calzada para allá”, donde se levanta mi único referente: el Mercado Libertad o San Juan de Dios.

Mi abuela, con todo y que me lleva sesenta y seis años de ventaja en este mundo, parece tener más energía que una amazona y más gracia que mis seis años de edad. Carga las cubetas con agua como profesional de halterofilia y se ríe con más armonía que una orquesta de canarios cantores cuando se eleva el sol de cada día.

Son las diez de la mañana y ya tiene resuelto el día: desayunamos sus imperdibles frijoles fritos con tortilla caliente, huevo revuelto y un té para mí porque sabe muy bien que odio la leche.

Después toma una cubeta, me estira una jícara y dice: “Échale un jicarazo a cada maceta, pero mientras háblales bonito a las plantas, también sienten y luego se malogran si no las quieres, son como una, pero no hablan”.

Le sonrío y continúo la sinfonía del jicarazo con agua, de repente con tanto zangoloteo siento que me sube un eructo por la garganta que me sabe ácido, vomito un poco y en ese instante ruge la tierra, se oye un estallido que suena a que algo explota, así como se escucha en las películas cuando dos camiones chocan.

Lo primero que viene a mi mente es que chocó una pipa de esas del gas por ahí cerca. Se inunda el cielo de un silencio conventual, irrumpe el ruido y se escuchan las ambulancias. Después viene otra explosión y el vómito brota de mi cuerpo.

-Abuelita, ¿qué está pasando?

Me toma con firmeza de la mano y dice:

-“Vamos a prender la tele para ver las noticias, ahí vamos a saber de qué se trata tanto alboroto”.

Llegamos a la habitación donde está la televisión y mi tía ya está viendo las noticias. Mientras se enchina la pestaña nos dice:

-Acaba de explotar el barrio de Analco.

Mi abuela le echa una mirada de preocupación a su hija, ambas voltean a verme y repiten: “Estamos a unas veinte cuadras de donde acaba de explotar”.

Yo no sé cómo medir la distancia, pero me suena a que estamos muy cerca, solo pienso en que papá y mamá vienen en camino con mi recién nacido hermano desde Santa Teresita.

El noticiero enfoca imágenes de un camión arriba de una casa, un tráiler trepado arriba de más casas, gente tirada en el piso, algunos muertos sin cabeza y no creo en zombies, pero estoy contemplando una masacre en la televisión.

Papá y mamá llegan, corro a abrazarlos y, mientras le jalo a papá el pantalón, le suplico: “¡Vámonos, está explotando, vámonos lejos, nos va a alcanzar la explosión!”.

Mi papá no sabe de qué hablo y mi mamá me observa raro mientras carga en sus brazos a mi pequeño hermano.

Se escucha el noticiero de fondo mientras los adultos discuten qué es lo que tienen que hacer. Mi padre solo dice que debe ir a trabajar y le pide a mi madre quedarse con mi abuela y mi tía.

Mi padre se marcha y yo no quiero que se vaya, para qué quiere trabajar si la ciudad se está desmoronando. Comienzo por dar vueltas por el patio donde está toda la alineación de macetas que desprenden un esperanzador olor a tierra mojada. El calor es insoportable y solo pienso en la maldita explosión, me recorre la ansiedad por el cuerpo y se escucha otro estallido. Solo escucho los gritos desde el cuarto donde está la televisión. Me acerco a mi madre, tía y abuela, las miro y veo a mi hermano acostado entre dos almohadas, lo jalo suavemente de las piernas para acercármelo, lo levanto con cuidado y lo abrazo, me acerco a mi mamá mientras repito: “Mamá, vámonos, tenemos que irnos, tengo miedo de que vaya a explotar otra vez”.

Mi madre se sorprende por mi rapidez al tomar a mi hermano entre mis brazos, me pide que lo deje, hago caso omiso y me acerco a la puerta, mi único pensamiento es salirme a la calle y pedir ayuda para escapar.

Alguien abre la gran puerta de madera, es mi otra tía y viene acompañada con mi prima, dicen que la gente está corriendo asustada por las calles, que todos vienen de la Calzada hechos la madre y se rumora que hay que correr hacia Santa Teresita porque allá no va a explotar.

Solo escucho que dicen que huele a gas, que las alcantarillas botan las tapas y éstas salen volando por los aires, pienso en la catástrofe, ya no quiero mirar el televisor y grito: “¡Vinicio está chiquito, hay que salvarle la vida, vámonos por favor!”.

Mi madre me quita a mi hermano de los brazos y me pide que me calme. Empiezo a llorar.

Mi prima me lleva con ella a su cuarto y dice: “Espérate a que lleguen los demás, yo creo que en un rato más nos vamos, van a llamarles por teléfono para ver si están todos bien”.

La casa de mi abuela es el lugar donde convergemos todos y ahí seguro todos llegan. Mi otro hermano está con mis tíos en otra casa y mi madre llama para preguntar si corren peligro, pues ellos están más cerca de donde está explotando.

Comienzan a alistarse y el maldito noticiero sigue transmitiendo las noticias en vivo desde el barrio de Analco.

Son las once de la mañana y ya explotó ocho veces. Once con quince y los noticieros reportan las últimas dos explosiones.

Es la mañana más tétrica y desesperante de mi vida, tengo seis años y siento que voy a morir atrapada en esa inmensa casa en cuanto explote. La imaginación de un niño es ilimitada y las imágenes del noticiario refuerzan mis ideas del apocalipsis tapatío.

Vuelvo por mi hermano, lo tomo entre mis brazos y me salgo a la calle, mi mamá corre tras de mí y me dice: “Dánae, no la chingues, estás loca, se te va a caer el niño”, y yo solo la miro, respondo con el llanto en el rostro: “Tú estás más loca porque te quieres quedar a morirte aquí, vámonos por favor, va a explotar”.

La gente corre desesperada por las calles, gritan que huele a gas y que hay que correrle porque ya dijeron los de Protección Civil que va a seguir explotando.

Mi mamá me dice: “Ok. Deja voy al mercado a comprar para hacer de comer, regreso y nos vamos”.

Vinicio permanece dormido entre mis brazos, tiene solo dos meses que nació y ni enterado de lo que pasa, quisiera tener la mitad de su tranquilidad pero no puedo. Le tengo pánico al gas desde siempre y mi instinto de sobrevivencia muy alerta, no quiero morir como toda esa gente que aparece en las imágenes de las noticias.

Mi madre llega, salen todos de casa y comenzamos a planear el escape, alguien de la calle grita: “Están parándose camionetas para evacuar a la gente del centro”.

Comenzamos a pedir aventón sobre la calle de Garibaldi y algunos no se paran, llevan el rostro del pánico en sus autos vacíos.

Por fin una camioneta se detiene y nos preguntan: “¿Para dónde van? Nosotros podemos acercarlos”.  Es una familia que salió para ayudar a llevar a la gente a la parte más segura.

Mi madre dice: “Vamos para Santa Teresita, a casa de mi hermana, ¿nos pueden llevar a todos?”.

Voltean a vernos: a mi abuela, a mis dos tías, a mi madre, a mi prima, a mi hermano y a mí. Un muchacho baja de la caja de la camioneta y nos empieza a ayudar a subir. Una vez trepados, la camioneta arranca y comenzamos a alejarnos del caos que posee la ciudad en ese momento. Un ligero viento fluye mientras viajamos por la caja de la camioneta, apesta a gasolina y el calor es ensordecedor, pero no importa ya, nos estamos alejando poco a poco de ese olor a muerte.

Nos miramos en silencio mientras la Calzada se va quedando en el más allá, porque todo lo malo de esta ciudad siempre les pasa a los de aquel lado, allá están los espíritus de Gante desde ese maldito veintidós de abril de mil novecientos noventa y dos.

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