Cientos de historias se gestan todos los días por los pasillos de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. Aquí el autor nos narra dos en las que le tocó estar presente: la gente que va a la FIL a todo menos a ver libros y un penoso episodio en los baños.

Por David Izazaga

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Las nínfulas escandalosas

Martes por la mañana, cuando menos gente hay por los pasillos de la FIL, cuando más tranquilo se siente el ambiente, cuatro chicas veinteañeras (a ojo de buen paidófilo) irrumpen de pronto corriendo, aventándose, riendo y logrando que quienes estábamos absortos en la búsqueda de alguna joya bibliográfica, volteemos a ver qué se traen.

Se traen que quieren tomarse una foto frente a la escultura que enmarca la entrada al estand de Porrúa. Yo no sabía que el mono ese con el que todos quieren salir retratados es en alusión al libro Las sombras de Grey. Dice José Israel Carranza que el mono representa el deseo. Yo lo que deseaba era que se les cayera el mono encima, para que dejaran de gritar como si estuvieran en la montaña rusa.

Más hacia el medio día, ya en otra parte de la feria, volví a escuchar un escándalo a lo lejos. No, no era el camión de “Z Gas”, era un rumor de risas que poco a poco iban transformándose en carcajadas y que rompieron de nuevo el frágil silencio del área internacional de la FIL. De nuevo las chicas que ahora querían que alguien les tomara una foto con algún estand de fondo mientras ellas posaban.

Traté ahora de observarlas más detalladamente. Eran cuatro. Una evidentemente güera artificial, delgada y con los labios pintados como si fuera el último día que hubiera podido usar bilé, vestida como edecán y otras tres más, de pantalón de mezclilla y blusas negras. Ninguna portaba gafete, a pesar de que se supone que era la hora en la que sólo personas con gafete pueden andar por la feria.

Las seguí un poco a la distancia. Se fueron parando en cada estand que les llamaba la atención, encontraban fácilmente a algún incauto que les hacía el favor de tomarles una foto y reían y caminaban, como si anduvieran por las calles de París o Barcelona.

Nunca, durante la cerca de media hora que las seguí las vi acercarse a un libro, siempre eran los escenarios, el montaje de los estands, lo que les llamaba la atención para eternizar ese momento y muy seguramente subir el resultado a su página de Facebook.

 

El gafete más despreciado

Estaba frente al mingitorio haciendo lo que se debe hacer ahí, cuando escuché que alguien gritaba al aire una serie de improperios (Para los que no lo sepan, o para las damas, debo decir que en el área internacional hay unos baños en los que dos equipos de fútbol completos pueden mear al mismo tiempo sin problemas).

Pues bien, los improperios los había gritado un hombre que parecía El Yeti “El Hombre de las Nieves”, al que se le había caído su gafete al mingitorio. ¿No lo traía colgado del cuello? ¿Se le desprendió? Misterio. El caso es que ahora estaba ahí horrorizado, viendo su nombre codearse no con muy buenas aguas, a pesar de que eran las suyas.

Varios nos aproximamos, por supuesto no para ofrecernos a ayudarlo, sino para sugerir acciones: que llámale al que hace el aseo, que busca a alguno que tenga playera de “control de gafetes” que también los debe de haber, que ve a tramitar otro… (como si fuera tan fácil hacerlo, que más bien parecen cartillas del Servicio Militar Nacional)

No se de dónde salió alguien con un palito de madera largo, que logró sacar el gafete del mingitorio.

Ya fuera el gafete, nadie, ni el dueño que tanto maldijo y que lo observaba como si fuera su perro muerto, ni ninguno de los curiosos que estábamos ahí, nos atrevimos a recogerlo. Ahí quedó, ahí lo dejamos, abandonado a su suerte, solo, en la peor condición que hubiera imaginado alguien. Salimos del baño como si hubiéramos regresado de un velorio, acompañando al Yeti “El Hombre de las nieves” en su dolor.

Que en paz descanse.

(Crónica leída en el programa Como en Feria, producido por Radio Universidad de Guadalajara desde la Feria Internacional del Libro, el martes 27 de noviembre de 2012)

David Izazaga es coordinador de los Talleres de Crónica de la Librería José Luis Martínez del Fondo de Cultura Económica y catador de postres (tiene a los Garibaldis de El Globo, los Cup Cakes de Paulette y al Capricho de Marissa como a sus mejores postres del momento). Es escorpión con ascendente en Libra, no le gusta la sardina, ama el pulpo y, por supuesto, cree que el fin del mundo está siendo anunciado por medio de la multiplicación de los “viene-viene” en las calles. Cuando entra al baño y está frente al mingitorio, aunque trae el gafete colgado al cuello, lo sujeta con los dientes, no vaya a ser.