¿Es posible que con sólo haber dejado de ir unos meses al estadio, al volver, se encuentren las cosas tan cambiadas? El autor de esta crónica supo entonces que en el Estadio Jalisco ya no se vende cerveza, sufrió y sigue sufriendo al pretender adquirir un boleto para ir a ver a Las Chivas y conoció lo que puede suceder cuando se accede a un territorio al que no cualquiera se atreve a acceder: el de la porra La Irreverente.

Por: David Izazaga

¿Alguien sabía que ya no venden cerveza en el Estadio Jalisco? ¿Y que si va uno a la zona de aficionados norte y no es “banda” lo aterrorizarán verbalmente todo el partido, aunque le vaya a las Chivas? Sólo dejé de ir una temporada al fútbol y las cosas (suspiro) ya no son como antes.

La primera: el sistema, el maldito sistema

Hace algunos meses habíamos intentado ir, por fin, a conocer el Estadio Omnilife. Un día antes del partido fuimos a reconocer el terreno, pero además, a intentar comprar los boletos por anticipado. Y no se pudo. Uno no entiende cómo Don Vergara no le hace fáciles las cosas a la gente que le paga un boleto por ir a ver a las Chivas. Se siente al revés: como si nos estuviera haciendo el favor de vendernos boletos, como si se tratara de una consigna tipo “tú vienes porque quieres, yo no te traigo”.

Pues nada, que las taquillas ese día habían cerrado ya (¡ah, cómo quisiera ser taquillero del Omnilife!) porque resulta que sólo las abren hasta las cinco de la tarde. Bonito horario. Pues vámonos, al cabo la vuelta no fue en balde, ya sabemos por dónde agarrar y cómo entrar.

Y al otro día ahí vamos, con buen tiempo, y con la disposición de hacer cola para comprar los boletos. Y es que uno se imagina -Chiva ingenuo- que como a Don Vergara (y más a su señora) dicen que le gusta la excelencia, el servicio y la calidad, pues que habrá una buena cantidad de taquillas y que la atención será pronta y expedita. Y ándale tú que no, que sólo hay cinco ventanitas de taquilla, en un camioncito de esos como los que ponen provisionalmente en las construcciones, para que ahí vayan los ingenieros a comer su torta a mano y los arquitectos su foie gras.

La fila de gente es espectacular, como de dos cuadras (bueno, aquí no hay cuadras, pero para entendernos, pues) y comentan los de atrás que ya llevan horas formados y no avanzan nada. Voy entonces a la punta de la fila, para averiguar qué sucede. La respuesta que les han dado a los que están a punto de llegar y no llegan es que no hay sistema. Sí, así nomás: no hay sistema. “¿No hay sistema? ¡No hay organización! ¿Porque qué les cuesta solucionar de alguna manera el problema?”, dice en voz alta un Chiva hermano, fastidiado, a punto de desertar y entregarse a los brazos de los revendedores que -cual rémoras- andan cerca, pero lejos.

No hay solución al menos a la vista y sí muchos revendedores, que se aprovechan y venden hasta en 200% más arriba de su costo las entradas. Y la gente sigue llegando, cuando faltan menos de diez minutos para que arranque el partido. Caminamos frente a los tenderetes de animadoras que bailan y bailan desangeladamente, que se mueven, enfundadas en sus trajes que parecen de látex. Caminamos a contracorriente de las cientos de personas que llegan al cinco para la hora, con la cara de angustia, pero con la camisa de las Chivas puesta, la bandera, arrastrando a los pequeños que quieren comprar dulces antes de entrar. Caminamos con rumbo a nuestro auto. Somos el único coche que sale del estacionamiento: hemos pagado cincuenta pesos por haber querido entrar al estadio y no haberlo logrado. Don Vergara nos los debería devolver. Y nos debería pagar los tragos del lugar al que finalmente acudimos para ver el partido. Cuando salimos del hoyo en el que está ubicado el Estadio Omnilife lo único que alcanzamos a ver es que la fila para comprar boletos es cada vez más grande. Y cuando, minutos después, vemos el estadio en la televisión comprobamos que -tal como lo dice el comentarista- hay más gente afuera del estadio que adentro.

La segunda: el sistema (otra vez) acompañado por la lentitud

Pasaron varios meses, pero finalmente llegó el día. Luego de haberse mudado al Omnilife, las Chivas volvían al Jalisco, motivo que consideramos una señal para ir al fútbol. Llegamos casi con una hora de anticipación, le pagamos a una señora cincuenta pesos por estacionar el coche en la calle que se supone no es de nadie (o de todos, pues) y comenzamos a suspirar por aquellos años en los que íbamos cada quince días: los tiempos del ”Concho” Rodríguez, el equipo de Alberto Guerra, las guasanas y los lonches de El Pesebre. En eso andábamos cuando nos percatamos que la mayoría de las taquillas estaban cerradas. Otra vez, los revendedores nos ofrecían sin recato su mercancía. Observamos la fila en la que se mezclaban aquellos quienes iban a recoger los boletos que ya habían comprado previamente por internet y los que, como nosotros, iban directamente a conseguir entradas.


Sólo dos taquillas abiertas, cientos y cientos de personas y la fila avanza con una lentitud pasmosa. Voy hasta la punta, a tratar de investigar qué pasa. No, nadie se está metiendo, hay policías y también inspectores. Observo que el boletero tarda un promedio de dos a tres minutos por cada persona que atiende. Y antes tan expedito que era aquello, recuerdo: el taquillero tenía una paca, le pedías tres, cinco o nueve, los arrancaba, te los daba, pagabas, cambio y adiós. Veinte segundos. Ahora, con la computadora y el sistema que se les va y no pueden ir tras él, pues ahí llévensela.

Regreso por donde vine: voy haciendo cálculos de cuánto tardaremos en entrar a ver el partido que está a quince minutos de empezar. Llego y le digo a Liliana que calculo que podremos estar ya instalados adentro como para el minuto 34 del primer tiempo. Decidimos abortar la misión. Horas después, ya en casa, veremos en la repetición la segunda parte de la película: adentro las tribunas semivacías, que se semillenan una vez llegado el medio tiempo.

La tercera es la vencida o canten, putos

Ya no nos la hacen: dijimos. Y compramos los boletos por internet. Como no pudimos ir a recogerlos antes, tuvimos que ir hasta el Jalisco el mismo sábado a medio día. Liliana no tardó mucho en recogerlos: “Nadie sabía dónde, me trajeron de un lado para otro, pero eso sí, se portaron muy amables”, dijo.

Regresamos en la tarde, con una hora de anticipación y con los boletos en la mano. Poca gente en las calles, muchos revendedores, algunos aficionados en las taquillas: ya no nos importó nada más que buscar el acceso. Nadie en la fila para entrar, sólo nosotros. Me llamó la atención que había, entre policías, elementos de seguridad e inspectores, como diez personas. Llega un tipo flaquillo de cachucha, me dice que me va a esculcar y procede a hacer lo que ya sabemos: pasar sus manos de arriba a abajo de mi cuerpo, con un movimiento extra que sólo un par de veces me habían hecho antes (y que se siente bien gachito): las manos del “cacheador” se posan sobre el cinturón, luego, mientras los pulgares se introducen entre el espacio que va entre el fajo y el pantalón, los demás hábiles dedos juguetones se introducen en el espacio que está entre el pantalón y las lonjas (en mi caso, pues). Es, pues, un movimiento harto cachondo. Y lo hacen en diez segundos. Ni tiempo de protestar. Y ni una cerveza te invitan.

¡Cerveza! Cuando entramos, con un poco de sol en las tribunas todavía, con el cemento de los asientos caliente, se nos ocurre buscar al que -recordamos- grita siempre: “¡cervezahelada!”. Pero no aparece por ningún lado. ¡Ah!, seguramente es demasiado temprano, ni siquiera el hielo está puesto. Bueno, pues esperamos, ni modo de tomar Pepsi.

Nosotros ahora somos de los muy pocos afortunados que ya estamos dentro, pero estoy seguro que hay más gente afuera que adentro, cuando faltan cuarenta minutos para que inicie el partido. Lo único que hay que ver son a las botargas de Home Depot, del Osito Bimbo, de Quaker State y las respectivas edecanes, que dan vueltas y vueltas alrededor de la cancha. Salen a calentar Las Chivas. Se acerca lo hora.

En eso, casi sin darnos cuenta, un grupo como de diez chavos se sientan a un-lado-atrás-y-al-otro de nosotros. Al principio no lo notamos, o no tan contundentemente, pero como que estábamos invadiendo su espacio. Sí, si alguien hubiera podido ver la escena en una Caja de Petri, luego luego se hubiera percatado que éramos como bacterias de otro ser. Y así fue como tratando de pasar desapercibidos huimos más abajo, más hacia donde se veían más familias.

Los equipos saltan (no saltan, pero es la palabra favorita de los comentaristas de la tele) a la cancha, más gente en las tribunas, la cerveza  por ningún lado. Y en eso hace su entrada triunfal la numerosa, ruidosa y temible porra La Irreverente. Ocupan los lugares atrás de nosotros, a un lado, al otro y enfrente, osea: estamos rodeados. Y ni para dónde hacerse, porque hay reja muy cerca. Estamos en lo que sería, para que tengan una idea, la zona “C” de la zona “A”.

Hay un chavo que se quita la camisa (y no precisamente por un buen amigo) y comienza, antes de que el balón empiece a rodar, con algunas invitaciones al público en general:

-”Este es territorio de barra, si no van a cantar, cabrones, váyanse a la verga”, grita a todo pulmón.

Nosotros, la verdad, no teníamos la intención de cantar, íbamos a ver el partido. Pero por lo que pudimos constatar, la verdadera tarea de la porra autoproclamada barra Irreverente es cantar los 90 minutos, mover la mano izquierda constantemente, como si estuvieran señalando algo hacia el campo, voltearse a ver entre ellos y en algún momento echar un ojo a cómo va el partido. Cuando entonan el Himno Nacional, levantan la mano derecha hacia el cielo (más bien, como hacia donde están las bocinas del estadio) y con el puño cerrado chiflan al final de cada estrofa. Las arengas del gritón, continuaban:

-“¡Canten, putos cremosos, si no mejor váyanse a la C!”

Estábamos dándole la espalda (no por mal educado, sino porque así quedamos colocados, pues), pero muy seguramente nosotros y algunos otros despistados por ahí (no más de diez) éramos los cremosos. El partido arrancó, los goles llegaron y en ese lugar en el que estábamos se sentía como si estuviéramos en una dimensión distinta, como en una especie de hoyo negro. Yo, para destensionar un poco la cosa -y porque ya nos la merecíamos- fui en busca de una cerveza, porque nomás no llegaba hasta donde estábamos (¿acaso el cubetero tenía miedo de que el líder de la Irreverente lo mandara “a la verga” en automático?).

Caminé por toda la zona y no ví nada. Como me pareció ya muy raro, le pregunté al de los refrescos. “Uy, no, aquí desde hace mucho, por culpa de las porras del Atlas, ya no se vende cerveza”, me dijo.

La Pepsi no sabe tan mala cuando tienes harta sed. Volví y el asedio verbal no decaía:

-”Canten, cabrones, o qué, ¿le van al Atlas, putos?”

No lo dije en ese momento, pero la verdad yo sí sentía que en cualquier momento iba a llegar el tipo a darnos, de menos, un sopapo en la cabeza. Y es que, cosa curiosa, había mucha seguridad: antimotines en los pasillos, personas con una camisa de seguridad de una empresa, rodeando a la barra (al menos un elemento cada diez pasos), en la cancha más elementos viéndonos, policía montada, etcétera, etcétera… Pero, a pesar de eso, así como muy seguros no nos sentíamos.

 El terrorismo verbal continuó intensamente y hasta subió de tono, pero al medio tiempo paró. Los cantos seguían, uno tras otro sin descanso. Ellos no van, prioritariamente, a ver el partido. Ellos van a cantar (es un decir), cosas como estas:

Me lo dijo una gitana
me lo dijo con fervor
o dejas la mariguana
o te vas al cajón.
Me lo dijo una gitana
yo no lo quise creer
yo le sigo dando al vino
al tequila y al papel.
Una gitana loca
tiró las cartas
dio que el Guadalajara
salía campeón.
Ya nos cogimos al Teco…
y no paso nada
Vamos por el zorrito
que es un cagón.

Salimos del estadio cinco minutos antes del partido, así, intentando pasar desapercibidos, imitando a los otros cremosos que tampoco cantaban y que también ya buscaban la salida. Las Chivas habían ganado y por goliza, pero no salimos eufóricos.

Quizá, para la próxima, la zona “B” no esté tan mal.

David Izazaga. Coordinador de los Talleres de Crónica de la Librería José Luis Martínez del Fondo de Cultura Económica, catador de postres, tiene a los Garibaldis de El Globo y a los Cup Cakes de Paulette como sus mejores postres del momento. Es escorpión, no le gusta la sardina y, por supuesto es Chiva de corazón.