Todos deberíamos escribir, en algún momento de nuestra vida, la historia de y con nuestras mascotas. Frecuentemente las ligamos a ciertas etapas de nuestra vida y sin duda llegan a convertirse en un integrante más de nuestra familia. Es el caso de Rocco, o Pushi, el «chucho» del autor de la siguiente historia.

 

Ricardo Gómez

 

Yo no necesito programar una alarma para despertar por la mañana. Y no es porque esté acostumbrado a levantarme a una hora específica como lo hizo mi papá por 40 años, mientras trabajó en la Canadá, virtud de la que mi mamá siempre presumía con las amigas y para ponerle más peligro a la proeza les decía: “aunque hubiera tomado”. Tampoco es por que tenga una pareja con la que comparta cama y deba despertar a una hora para ir a su trabajo, y en el trajín de la arreglada me quite mi sueño. No, yo me despierto muy temprano (sin necesidad) por demanda de mi perro, Rocco.

Alrededor de las cinco de la mañana se para en dos patas a un costado de mi cama dando brinquitos mientras chilla para despertarme; no para hasta que lo logra. Su intención es que lo suba conmigo a dormir otro rato, ama meterse entre las cobijas para hacerse bolita y dormir calientito, pegado a mí.

Su reloj biológico es muy madrugador, a veces desearía que no lo fuera, para tener un descanso más prolongado.

Hasta el momento no ha sido una molestia, creo que es por el amor que le tengo; incluso he sacado ventaja de que me despierte a esa hora o a veces más temprano.

Cómo el día del asesinato del exgobernador Aristóteles Sandoval. Rocco me despertó poco antes de las cuatro de la mañana, se le adelantó por mucho ese día su reloj biológico. Lo subí a la cama y ya no pude conciliar el sueño, recorrí mi colchón por varios minutos buscando una posición cómoda que me regresara el sueño, maldiciendo ese hábito del que no me acuerdo cómo ni cuándo comenzó.

Mientras yo seguía dando vueltas y “amodiando” a mi perro, una cruza de Pug y Chihuahua; me repetía a mí mismo: “pase lo que pase, no agarres el celular, porque ya no te vas a dormir”. Pero cómo en muchas otras situaciones, no me obedecí.

Lo tomé aún conectado a la luz para cargar su pila, el brillo de la pantalla rompió con la oscuridad y casi con mis retinas, bajé rápido la intensidad de la iluminación, en cuanto mis ojos se acostumbraron por inercia entré a Twitter para ver las tendencias que había de madrugada, durante el día me divierto leyendo tuits de las granjas de bots que inflan un tema, casi siempre son en contra o a favor del Peje, esperaba encontrar algo por el estilo.

Con su patita Rocco me rascó la panza, el muy cabrón además de despertarme, me exige trato de primera, quería cobija, el egoísta de yo no le dio suficiente para que se hiciera bola, como le gusta. Y esa es su manera de hacerme saber que quiere algo, rascándome para que lo acaricie, le dé agua, lo saque a pasear o en este caso más cobijas para enconcharse en ellas. Claro que todo le cumplo, pinche perro chiqueado.

Puse de nuevo atención en mi celular. Repasaba las tendencias y me topé con el nombre de Aristóteles Sandoval. Me aparecía tal cual: Aristóteles Sandoval. Entré por curiosidad para entender por qué se habían generado los tuits suficientes para hacer tendencia al exgobernador.

La primera publicación que vi me pareció una súper fake news. Aseguraban que había sido asesinado en Puerto Vallarta. Ay, ajá. Qué ganan con inventar asesinatos de la gente, pensé.

Hasta que me encontré con el tuit oficial del gobernador en turno. Confirmaba la noticia que creí falsa. Me senté de la impresión. Vi la hora, 4:13 de la madrugada. De un salto brinqué y prendí la luz.

“No mames. No mames. No mames”, me repetía de pie.

Pocas veces llegan noticias tan perturbadoras y a esa hora de la madrugada. Y pocas veces uno está despierto para procesarla. Redacté de inmediato una nota corta para web, la envié a las redacciones de mis medios, esperando una respuesta.

Me quedé parado en shock, recordando los días de cobertura cuando él era el gobernador, las comidas a las que nos invitaba a los reporteros de la fuente en Casa Jalisco, en la que se grillaba con ganas y sacábamos todos los temas y reclamos de su gobierno sin tapujos. Él, siempre amable.

De entre las cobijas Rocco sacó su carita para ver el alboroto que estaba haciendo. Con su mirada fija en mí, no descifré si me reclamaba que lo dejara dormir, que apagara la luz o que me regresara a la cama, supuse que era todo, exaltado aún por la noticia, le hice caso y me acosté de nuevo.

Eran las 4:28 de la madrugada. Lo mejor que podía hacer a esa hora era dar seguimiento en la cama y calientito, porque estaba seguro de que no me volvería a acostar en muchas horas; por la magnitud de la noticia, me exigiría mucha actividad. Esperaría sobre mi colchón a que mis jefes organizaran la cobertura y me dieran indicaciones en la agenda. Sería un día largo, no dejé de pensarlo.

El Pushi (así le digo también a Rocco por su cruza Pug-Shihuahua) se me pegó a las costillas, ahí le gusta acurrucarse conmigo. Cada que lo hace recuerdo que el veterinario me dijo que a los perros les gusta dormir pegados a otros, escuchando o sintiendo los latidos del corazón, porque les da paz y calor, según es un pedo psicológico que les recuerda cuando estaban prendidos de la teta de su madre, su momento feliz. Solo me falta amamantar a este cabrón.

Mi mente también se ocupó de hacer preguntas, ¿Por qué lo mataron? ¿Quiénes? ¿Cómo está su familia? ¿Qué hacía de madrugada? ¿Con quién andaba? ¿Por qué (otra vez)? ¿Cómo ocurrió el ataque? ¿Tuvo miedo o ni chance de eso le dieron? Etcétera. Estaba seguro que de muchas, si no es que de todas, no obtendría una respuesta cierta.

En lo que recibía los mensajes de mis jefes, cerré mis ojos y acaricié el lomito de Pushi. Mi cabeza era una maraña de pensamientos, no sabía lo que me iba a tocar de chamba o lo que iba a encontrar en esa cobertura, pero cada vez me convencía más de que iba a ser un día muy, muy largo.