Imagínense salir a trabajar el domingo y no poder regresar a tu casa, así le pasó al autor de esta crónica el pasado 22 de febrero, fecha que quedará en el libro negro de nuestra memoria y en el de la historia de Jalisco

Por Heriberto Glez Pineda

Mañana será otro día

Creí que sería un domingo igual al resto, no fue así. Inició mi día con bastante normalidad, aún no podría decir monótono pero sí rutinario, nada extraordinario, solo salí y fui a buscar el camión para irme a trabajar. Llegué a Arcos de Zapopan, lugar donde abordo la línea 3 del tren ligero para llegar al centro, el autobús donde llegué se detuvo casi una cuadra antes porque la cantidad de coches y camiones no dejaron que se acercara más, y bueno… normal para un servicio tan pitero. No le doy importancia a un pasajero que se queja con el conductor del autobús donde viajaba porque lo obligó a bajarse ahí, con la sensación de aún estar dormido recordé que se llevaba a cabo un medio maratón en la ciudad y lo asocié directamente.

Mecánicamente continúe con mi recorrido, subí las escaleras de la estación (las de peldaños y eléctrica), pagué con la tarjeta y subí otras las escaleras que me llevaron hacia el andén. Me apresuré un poco porque el tren ya estaba ahí con más usuarios de lo que normalmente ocurre y me instalé en el último vagón. Antes de ponerme de nuevo los audífonos escuché a algún pasajero murmurar: ya se tardó en salir, situación que no me pareció raro porque normalmente en fin de semana se demora un poco más por la poca afluencia en comparación con la de un día normal. De repente veo en mi celular que son las 9:15 y tengo un mensaje de mi hermano: “Hay cagadero”.

Con teléfono en mano y la vista sobre él, leo un nuevo mensaje “quema de camiones”, pienso y respondo al mismo tiempo “con razón no arranca”. Me sugiere revisar la página de “Tráfico Guadalajara”, me dirijo inmediatamente a las redes sociales y como si fuera un truco, al momento en que me envía una foto de un autobús incendiado en el cruce de Juan Gil Preciado y carretera a Colotlán: el tren arranca.

En menos de un minuto estoy en la siguiente estación, considero salirme y regresar a casa. Recuerdo que acordé desayunar con Silvia quien normalmente no revisa su celular en la calle y suele apagarlo mientras está caminando, así fue. “¿Para qué quieren teléfono si no van a contestar?” diría mi mamá.

Arrancó de nuevo el tren, ahora era evidente, por la ventana logro ver 3 humaredas muy cerca con diversas magnitudes en el color negro que las forma. Alcanzo a identificar la más intensa, en periférico a la altura de plaza San Isidro, mientras leo sobre otros incidentes en av. Aviación, Nextipac, Tabachines y av. Juan Gil Preciado, me estoy alejando de esos puntos.

Pienso que necesito un plan, empiezo a repetirme mentalmente lo que haré, encuentro a Silvia, la mando a su casa, me regreso. Simple y eficaz. Al momento de bajar del tren y salir de la estación leo la publicación de Secretaría de Transporte: “la operación del servicio se suspende”.

Seguro dije una grosería que está de más replicar, al caminar de la estación Guadalajara Centro al paseo Alcalde noto la ausencia de porterías de futbol, un red de voley y la de una canasta que domingo a domingo están ahí. Gente corriendo (en modo deportivo) y rodando en bicicleta me mantuvieron tranquilo, así es como funciona la normalidad.

Me quité los audífonos para estar más perceptivo y caminé por Juárez, no tardé mucho en escuchar a una autoridad de la vía recreativa gritar mientras pedaleaba: “se cancela la vía”. El personal de servicio de la vía tímidamente comenzó a compartir la noticia. ¡Claro! hay ciclistas que llevan al menos 1 hora pedaleando, regresar a sus casas no será un acto inmediato.

Hablé por teléfono con mi jefe para avisarle de la situación y que me iba a regresar, al llegar platico con el personal que trabaja cerca de mi y me comentan que hay nuevos incidentes, Juárez y la calzada el más cercano. Ellos no han recibido instrucciones, pero saben que no pueden regresar porque ya no hay servicio de transporte público, ni siquiera son las 10:00.

No me quedó otra alternativa que entrar, pensé que en un par de horas podría regresar cuando volviera el servicio de transporte público. Silvia llegó, desorientada la puse al tanto de la situación y la mandé de regreso a su casa que afortunadamente no está muy lejos.

Mi lugar de trabajo está expuesto a la avenida Juárez, al ser un edificio público quizá podría ser un blanco ideal para una situación como la que vivíamos. Le sugerí a los guardias de seguridad no estar cerca de la entrada, que cerraran los ingresos, no hacía falta que se vieran, a estas alturas no sabíamos que esperar. Me resguardé en el punto más lejano del complejo: el comedor.

Tenía mi lonche, un termo con café que me dejó Silvia, agua, libros y lo más importante en estos tiempos (y situaciones) el cargador de mi teléfono, ahora solo tenía que dejar que el tiempo fluyera. Entre lecturas comencé a ver los videos de lo ocurrido, me impactó ver lugares conocidos y cercanos, pero sobre todo cuando vi sitios que están en mi recorrido diario y en los que unos minutos antes había cruzado.

Entonces llegó la sobre información, la oficial (que casi siempre es lo que alguien considera que debemos saber), lo que se publica en redes sociales, lo que se comparte en grupos (comunitarios, de amigos, etc.); a esto le sumamos la capacidad experticia de cualquier hijo de vecino con gigantes aspiraciones a siempre demostrar sus niveles de pendejismo con su “oportuna” opinión. Adicionemos a quienes comparten cosas que solo provocan una psicosis colectiva.

Silvia me envió un mensaje que ya estaba en casa, a pesar de la situación contó que no se sentía feo el ambiente pero aún así caminó rápido y hasta se dio el lujo de comprar fruta en el mercado Alcalde.

En ese momento recibí la compañía de un par de guardias, que ahora sí recibieron indicación de resguardarse precisamente porque alguien en algún lugar se enteró que habría balaceras contra civiles. Todos tranquilos (o al menos demostrándolo) desayunaban mientras contestaban llamadas o mensajes familiares con la misma tendencia: “Estoy bien, está todo tranquilo por acá”.

¡Y vaya que lo estaba! de repente se veían algunas personas caminar por av. Juárez como si nada estuviera ocurriendo, algunos autos y esporádicamente patrullas o al menos el sonido de ellas.

Pasó un poco más de tiempo y el aviso de reactivación del servicio del transporte público no llegaba (spoiler alert: ni llegaría). 18 kilómetros me separaban de mi casa y al menos había 10 incidentes (por llamarlos de alguna manera) en ese trayecto por lo que intentar volver sin duda habría sido una mala decisión.

Consideré irme al hotel que está cruzando la calle, cerca, resguardado y con comida. ¿Cuánto habría gastado? ¿Dos mil, tres mil pesos en un día? Era una emergencia ¿lo valdría? claro que al mismo tiempo deseché la idea que quizá lo habría hecho si no tuviera la opción que elegí.

Tal vez un poco más temprano hubiera caminado, pero ya había una sensación diferente. Le marqué a mi primo a pedirle que pasara por mi y que me llevara a la casa del abuelo (que es donde vive), la cual está a 2 kilómetros, en Santa Tere. No tardó ni 10 minutos en llegar (en moto), me subí y la desolación era ensordecedora, av. Federalismo desierta, tomamos Garibaldi y bueno el peligro de la poca afluencia vehicular es que todos piensen que van solos, sorteamos un par de autos que seguro pensaron eso.

Algunas tiendas en el trayecto cerradas pero despachando desde una ventana y en las casas se notaba la presencia de sus habitantes, resguardados pero asomándose a ver que pasaba. Nos pusimos al tanto sobre lo ocurrido, su mayor sorpresa fue ver cerrada la farmacia Guadalajara de Santa Tere, situación replicada en otros barrios, “no sabía que tenía cortinas” reverenciando a que nunca están abajo.

El estar en (esa) casa al menos me dio una sensación de seguridad, pero al estar en la puerta y ver lo desierto de una calle que siempre recuerdo con vida me dejó con la alerta presente.

Ahora habría que solucionar el tema de la comida, todos los contactos de vendedores en el barrio no contestaban o no estaban disponibles. Salió más tarde en la moto a buscar comida, volvió una hora y media después con hot dogs con quizá la peor salchicha que comí en mi vida, no dije nada. Mientras no estaba su hija de 5 años me contaba que iban a ir a una fiesta pero no fueron por lo que pasó. La cuestioné sobre el tema, me respondió “pues lo que pasó”, tardé un poco para convencerla de que no sabía que era lo que estábamos viviendo a lo que un poco enfadada me cuenta que su mamá le dijo que había un señor enojado quemando coches en la calle.

Los mensajes de mi hermano a lo largo del día no dejaron de llegar, sobre todo para avisar que por el rumbo de su casa y de la mía las cosas no seguían precisamente mejor. Oxxos y autos incendiados que no aparecieron en ningún mapa fueron corroborados por videos en redes sociales.

Dormí. Desperté.

La secretaría de Transporte anunció que habría servicio normal durante todo el día. Los choferes tenían otros planes, no salieron a trabajar, fue el aviso de la ruta al grupo de vecinos usuarios.

Por curiosidad entré a la aplicación de uber donde un claro mensaje de “no hay viajes disponibles” avisaba que desde la plataforma se canceló el servicio.

Tiempo de un café y un huevito. La abarrotera de la esquina estaba abierta, fui a percatarme y al parecer era uno de los pocos establecimientos abiertos. El mercado que está a un par de cuadras permaneció cerrado. Entonces las filas no se hicieron esperar y el tiempo estimado para comprar fue de media hora.

Once y media de la mañana, veo que uber ya acepta viajes, $350 por el viaje de 16 km, podría esperar un poco. Cuando estaba a punto de considerar quedarme, veo que el costo baja, terminé pagando $160 por el mismo viaje solo media hora después.

Muy cerca de llegar a casa, reafirmé que habría sido un error intentar volver un día antes. Dos autos quemados y los oxxos de paso con la misma suerte. Amplié un poco el espectro de siniestros gracias al conductor que resulto vivir cerca de la zona. Finalmente llegué, 29 horas después de que salí, un baño y a dormir que mañana será otro día.