¿Qué se puede hacer cuando una insolente doctora del Seguro Social lo condena a uno a vivir atado a una bolsita de medicamentos? Pues nada: salir de la clínica y mandar al carajo todas las sugerencias. Aunque después haya que pagar las consecuencias.

Por Édgar Velasco

 

La doctora dictó su sentencia sin muchos miramientos: gastritis y reflujo gastroesofágico. Lo que tiene de desagradable el nombre se extiende hasta la praxis: debido al primer mal, mi estómago practicaba el sano deporte del lanzamiento de jugos gástricos a través de mi esófago con rumbo a mi boca. Sí: suena mal. Y sabe peor. “Nada de grasas ni irritantes”, dijo mientras llenaba la receta en una máquina de escribir —de esas en las que los dedos hacían fisicoculturismo y uno se dejaba el meñique izquierdo tratando de teclear la Z sin morir en el intento. Mientras ella hacía eso, yo miraba con recelo la báscula vieja que estaba a mi lado y que me acababa de echar en cara diez kilos de más. ¿Por qué la miraba con recelo? Sencillo: ¿ustedes confiarían en una báscula que a leguas se ve que la fabricaron mucho antes de que nacieran y que no ha recibido mantenimiento?

     Salí de la clínica con los ánimos desechos. Había perdido toda la mañana en esperar la consulta y ahora me sentía como viejito: con la dieta restringida y una bolsa con medicamentos en la mano derecha. Caminé por Fidel Velázquez rumbo a Federalismo. No bien había avanzado diez metros y mi nariz recibió un puñetazo contundente. Volteé de inmediato: un recipiente metálico, calentado por una flama pequeña pero eterna, emanaba un vapor que embrutecía los sentidos nada más ser respirado. (Obvia decirlo: a esas alturas ya estaba yo más que embrutecido.) Mis ojos comenzaron a buscar al alquimista detrás de ese aromático menjurje, pero la búsqueda me sacó de mi error: no era un sino una alquimista. Rolliza, la bruja manipulaba con destreza un cuchillo que en manos de otra persona me hubiera hecho correr, pero que en ese momento me hipnotizó al instante: subía y bajaba con rapidez al tiempo que partía y volvía a partir sendos trozos de carne, que sucumbían a los golpes multiplicándose como alguna vez lo hizo la célula primigenia del Universo.

     Embrutecido e hipnotizado, no me di cuenta en qué momento me senté ni cuándo hice mi pedido. Sólo recuerdo a la hechicera tomando un pedazo de virote salado y hacerle un tajo; luego, introdujo una cuchara en un pocillo lleno de frijoles refritos y comenzó a untarlos con maestría. Sin siquiera dirigirme una mirada aunque fuera de reojo, abrió el pan un poco más y lo llenó de carne. ¿Se han subido al 380? ¿Lo han visto al menos pasar, llenos sus asientos y sus pasillos y todas esas personas colgando de las puertas? Pues así se veía la carne tratando de entrar en el bolillo. Luego, la magia: tomó el pan con unas pinzas y lo sumergió en la tibia y olorosa salsa, para luego depositarlo en un plato. Autómata, apenas alcancé a balbucear un titubeante sí cuando me preguntó si quería cebolla, para luego ver esas hebras desflemadas y bañadas en limón que terminaron de rebalsar el ya de por sí rebalsado (y ahora ahogado) bolillo.

     Llegó entonces mi turno. Sobrepuesto un poco del embrutecimiento, apliqué la dosis respectiva de picante y el imprescindible limón. Luego, con pericia, tomé la torta y abrí la boca. ¿Han visto en la televisión esos documentales donde una serpiente saca de sus coyunturas la mandíbula para tragarse un huevo que es tres veces el tamaño de su cabeza? Pues semejante debió ser la imagen, pero no me importó: poco a poco labios y lengua fueron entumeciéndose por efecto del picante, mientras las papilas gustativas eran seducidas por los sabores de los frijoles y el virote salado y las carnitas y la cebolla y el ajo y el jitomate y los condimentos, todos mezclados pero perfectamente indentificables. Comí ávidamente. Mordía el bolillo, recogía con la cuchara los trozos de carne que caían en el plato y nadaban en la salsa desbordada, suspiraba por efecto del picante que, oh misterio, servía como estimulante para seguir comiendo: mientras más enchilado estaba, más ferozmente hincaba el diente —y, digámoslo de una vez, acumulaba servilletas. La gaseosa de manzana que burbujeaba a un lado del plato sirvió como un paréntesis, un respiro, una visita a la esquina del boxeador que de inmediato regresa al centro del ring para seguir siendo aporreado. Con los labios completamente entumidos, redondeé la orden con un taco dorado de papa y cometí la osadía de pedirlo con carne. Hasta mis manos llegó otro plato que era más bien una montaña de lechuga y carne, que se erigían como un túmulo sobre lo que, supuse, era el taco que había pedido. Sin miramientos, despaché el crujiente taco y todos y cada uno de los trozos de carne.

     Una vez saldada la cuenta, reinicié mi marcha. No bien había avanzado diez metros (quien siga atento esta narración se dará cuenta de que toda mi tragedia ocurrió en menos de 20 metros) cuando un eructo me recordó dos cosas: que me acaba de dar un atrancón y que el reflujo gastroesofágico no me lo iba a perdonar. Casi con parsimonia, abrí la bolsa que llevaba en la mano derecha y saqué una botella cuya etiqueta ponía “Leche de magnesia”. Cual teporocho, bebí directamente. “Pinche doctora”, pensé mientras mi esófago se recubría de ese líquido blanco y viscoso que me daría la paz.

Texto publicado en el número de Verano 2011 de la revista KY

 

Édgar Velasco. Nació en Guadalajara, México. Si la tendencia sigue, seguramente ahí se va a morir. Trabajó en el ahora extinto periódico Público. Textos suyos (cuentos, crónicas, reseñas y apuntes varios) han aparecido en las revistas Replicante, ReversoLuvina y KY. Actualmente es coeditor de la revista Magis.