Éste es -nada más y nada menos- el texto que Jesús no quiere que leas.

 

Por Roberto Medina (@chinomorocho)

Puta Cuaresma. Tan cambiante tú, tan cambiante yo. Tan imprevisible en lo que avecinas. Tan némesis de la carne en viernes. Tan estimulante de ayunos incompletos.

    Puta Semana Santa. Tan llena de vómito televisivo. Tan tentadoras tus empanadas que no resisten una pizca más de azúcar. Tan desquiciadora con tus carreteras paralizadas.

    Tantos años. Tantos recorridos. Tantas misas dejadas de escuchar. Tantas anécdotas resentidas y otras no tanto que quieren estamparse contra el papel.

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Eran las 6 de la mañana y el frío estaba de la chingada. Era como si cada brisa penetrara la piel y abrazara los huesos. Yo, un mocoso quejumbroso como de 13 años, me negaba a despegarme de una cobija que apoyaba a una chamarra en la tarea de darme calor. Mi cuerpo estaba totalmente acostado en algo que distaba de ser un colchón, pero que me separaba lo suficiente del suelo.

    Los cuerpos que a mi alrededor comenzaban a pulular y a hablar cada vez en voz más alta me obligaron a tomar la decisión fatídica: hora de levantarse.

    Sepan bien que caminar no sé cuántos cerros para llegar a Talpa y ver a una virgen en la que años después no creerás no es cosa grata; pero el vigor que pone la gente desde antes de que salga el sol es motivante hasta para el más ateo. Aunque lo que verdaderamente ponía la chispa diferente aquel día de Semana Santa era en nombre del cerro: el Espinazo del Diablo.

    Caminamos. Algún tío que conocía el camino de memoria iba adelante. Los demás, atrás con lámparas en las manos y una mochila en la espalda. Aún estaba oscuro, así que más valía ir despacio, con el debido cuidado de no ser tragado por la tierra, o dicho más coloquialmente, de caer en algún pozo mal improvisado que algún creyente hubiera usado para cagar.

    Ahí estaba el principio del cerro. Una vereda que apenas se inclinaba y que no advertía que más adelante se inclinaría a tal punto que era necesario usar las uñas para no caerse.

    Los caminos que llevan a Talpa saben de contrastes. Uno puede caminar entre la yerba y sobre las rocas para después pasar a un panorama más bien árido. El clima es otro de ellos: si bien en la madrugada el frío es mentamadres, conforme va saliendo el sol el calor es como una sábana ardiente que cae sobre el cuerpo. Por esa sencilla razón todo aquel que se digne a vender lechuguillas o cualquier líquido medianamente purificado a la mitad del camino debería ser condecorado como héroe nacional.

    Una, dos, tres, cuatro. Quizá fueron unas cuatro horas de camino. Cuatro horas en las que los muslos gritaban por descansos constantes. Cuatro horas que pesaban en la espalda como si de un viacrucis se tratara. Cuatro horas de subidas rocosas que acababan con la suela de los tenis y de bajadas que parecían llegar hasta el infierno mismo. Cuatro horas para atravesar un cerro que llevaría a otro y ése a otro más para, a final de cuentas, ver a una virgen en la que años más tarde no creerías.

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 – ¿Tiene con carne?

– Ahora no carnal…

– Entonces dame cuatro tacos sencillos.

    Pinche cínico. Todavía se atreve a llamarme “carnal”. ¿A un carnal se le niegan unos trozos de carne? Ni siquiera si se tratara de días santos. Pero él, nada más por el hecho de ser viernes, pretende sustituir esos pedacitos de carne por unos camarones que igual y no saben malos, pero uno es caprichoso cuando de comida se trata.

    El tema culinario es predecible en épocas santas. El mercado del mar vende en cantidades industriales y en los hogares dan pena post mortem a la mercancía.

    Camarones a la diabla, empanizados, en aguachile, al mojo de ajo; eso y todas las presentaciones de mariscos posibles habitan cada casa. Pero, otra vez: si el comensal se encapricha con la carne, no hay marisco que lo haga cambiar de opinión.

    En años pasados había una salvación. Las tortas Paco’s, con todo y sus cuadros en los que el único uniforme que resalta es el de las Chivas, eran una opción para los rebeldes de Cuaresma. Si bien complacían a los mochos con sus tortas de camarón, para el ala liberal de los tragones había en abundancia tortas a las que les era imposible sostener cada pedazo de carne en su interior.

    Del mismo tamaño del éxtasis que era cada mordida, fue la tristeza el ver hace poco un letrero anunciando que, por algún día santo, las tortas Paco’s permanecerían cerradas.

    Lo único a lo que se incita con tal arrinconamiento es a que, tarde o temprano, un valiente decida que el tráfico clandestino de carnitas será la solitaria opción para los que la Cuaresma ni nos va ni nos viene.

 

Roberto Medina Polanco. Aún no hay recomendación médica que lo separe del Twitter ni del café, aunque a este paso no tardará en llegar. Los ojos le lloran cuando lee, pero se resiste a usar lentes. Quiere aprender a cronicar cuanta cosa ve, pero mientras tanto, se dedica a echar a perder textos.