Asegura la autora que fue verdaderamente una experiencia distinta la que vivió una Semana Santa en Acámbaro, Guanajuato. Ahí, como en muchos pueblos de México, se viven con una intensidad inusual esos días en los que la figura de Jesucristo cobra un cariz muy especial.

 

Por Aída Monteón

 

 

 

 

 

 

 

  Yo no supe donde entraba,

                                                                       pero, cuando allí me vi,

                                                                       sin saber donde me estaba,

                                                                       grandes cosas entendí;

                                                                       no diré lo que sentí,

                                                                       que me quedé no sabiendo,

                                                                       toda ciencia trascendiendo.

 

                                                                                                                                           COPLAS SOBRE UN ÉXTASIS

                                                                                                                                             DE HARTA CONTEMPLACIÓN

                                                                                                                      JUAN DE LA CRUZ

 

He vivido Semanas Santas verdaderamente santas, pero como la de Acámbaro ninguna.

    Éramos más de veinte entre familia y amigos, como no había suficiente espacio para todos en casa de la anfitriona nos hospedamos en el hotel Virrey de Mendoza, situado frente al jardín y -claro- frente de la principal iglesia del pueblo. Llegamos a Acámbaro el domingo de Ramos; atrios, mercados, calles, estaban atestadas de olores y de cruces bellamente tejidas con hojas de palma y ramos que una vez bendecidos se cuelgan detrás de las puertas como protección contra el maligno. La Semana Santa anticipaba, con su calor de estío y la ausencia del tráfago cotidiano, el descanso tan anhelado. El pueblo, como en la mayoría de los pueblos de México, está lleno de elementos arquitectónicos, casi antropológicos que narran su historia.

    Los primeros días transcurrieron plácidos y lentos, entre chistes, carnitas asadas y vistas a parientes; en las noches una buena jornada de cartas y a dormir. Lo trascendente del viaje empezó el Jueves Santo. La remembranza por la muerte de Cristo dictaba luto, había calma hasta en el mercado. Ese día Jesús ora y es arrestado en el huerto de Getsemaní, transpira sangre ante su inminente aprehensión y muerte después de ser traicionado y entregado por uno de los suyos. Este día se conmemora la última cena en que Jesús instituyó la eucaristía, ofreciendo sacramentalmente en el cenáculo su cuerpo y su sangre por amor a toda la humanidad. Es la primera misa que inaugura la nueva religión, la cual será reproducida como el rito principal de la Iglesia Católica. En la misa se hace una representación del lavado de pies de Cristo a sus apóstoles. Acto de humildad por antonomasia que simbólicamente sintetiza su mensaje.

    El Viernes Santo se recuerda con el Via Crucis. La representación es en vivo. El Cerro del Toro es el acambareño calvario que Jesús tiene que recorrer con la cruz a cuestas. El acto además de solemne es doloroso: ver a ese nuevo Jesús golpeado y sangrante cayendo y levantando. Yo como cualquier Magdalena solidarizada con su hombre sufro verdaderamente por esa causa. Respondo ayunando. La subida es ya de por si fatigosa: un sol inclemente clava sus rayos sobre la multitud que sube llorosa y consternada ante esta muerte que emula la ocurrida hace más de dos mil años por el cristo de hoy, que voluntariamente ofrece su cuerpo a la tortura (lo cual es literal). Conmovida por el realismo del acto me arrodillo al escucharlo repetir las últimas siete palabras que pronunció antes de morir: “¿Padre mío, por qué me has abandonado?” Después de un sobrecogedor y prolongado silencio Jesús es descendido de la cruz. Emprendo el regreso por el mismo camino, miro fijamente las piedras porque no puedo más, porque no puedo mirar al cielo.

    Al duelo se responde con silencio. El Viernes Santo las campanas callan, sustituidas por el seco clap clap de las matracas. Sobriamente vestidos con lienzos morados los altares imponen respeto. Los fieles cumpliendo con la ceremonia de las siete visitas forman un imparable río de velas, panes y oraciones apenas susurradas entre templo y templo. Por la noche, el pueblo se inunda de tinieblas. La noche oscura del alma, dijera Juan de Yepes, porque es la noche en que Jesús, El Salvador, bajó a los infiernos. Desde el balcón de los virreyes asistimos a la Procesión del Silencio. Una multitud silente se desliza enfundada en capuchas negras, todos portan una cruz como símbolo de muerte y una antorcha que quiebra -con el dramatismo de sus llamas- la negra oscuridad. El silencio es imponente: cada cofradía es precedida por una imagen de la Dolorosa, todas ellas rica y sobriamente vestidas de negro para presidir los actos de Velación, Pésame y el Sermón de las Siete Palabras. La marcha termina en el templo a donde pertenece cada cofradía. En la habitación todos guardamos silencio, no se exhiben los naipes, no hay risas, nadie cena; impresionados por la solemnidad del momento nos damos las buenas noches.

    El Sábado Santo, ya un poco recuperados, lo dedicamos a visitar templos y monumentos históricos. Desayunamos unas gorditas deliciosas de tamaño descomunal en el mercado que exhibe una hermosa fuente barroca delimitada por láminas; cerramos filas con las típicas jícamas del lugar: una rebanada encajada en un palo cubierta de queso, bañada con chile, sal, limón y vinagre, ¡una delicia! Deambulando por el mercado mis ojos expertos son atraídos por unos panecillos llamados Acambaritas, tan deliciosos que se acaban de una sentada (una bolsa trae como 20); más adelante diviso una enorme canasta que contiene otro tipo de pan llamado Pan Grande o Tallado, una especie de sema enorme o picón riquísimo, que igual compartí como símbolo: en Acámbaro no se estila regalar huevos de chocolate para celebrar la Pascua. Me surto con vastedad de Acambaritas y Tallados, por fortuna si alcanzan a llegar a Guadalajara.

Por la noche asisto al templo. Fue inútil tratar de convencer a alguien de acompañarme diciéndoles que esa noche se celebraba la principal ceremonia del catolicismo: la Vigilia Pascual que conmemora la resurrección de Jesucristo, pero nadie acepta. Compro mi cirio en la plaza y una botella de agua. La vigilia comienza al atardecer con la preparación de la Pascua y se prolonga toda la noche para culminar con la bendición del fuego nuevo. El enorme cirio pascual será marcado con una cruz hecha de granos de incienso que representa la abolición de la muerte mediante las letras griegas Alfa y Omega y la fecha del año. El cirio se mantendrá encendido hasta el día de Pentecostés, pero no será expuesto en el templo. Los files permanecemos afuera de la iglesia con cirios nuevos y agua. Una vez logrado el fuego (producido por una yesca) el cirio es encendido y bendecido con el fuego nuevo, la luz trasciende de lo individual a lo universal. Se abren las puertas, todo permanece en completa oscuridad, el sacerdote sube a un estrado de aproximadamente dos metros de altura a oficiar la misa, el gentío con las velas encendidas escucha el pregón: himnos que recuerdan la historia de la salvación, se apagan las velas que nuevamente son encendidas en el momento del Gloria. En ese preciso momento todas las campanas del pueblo repican al unísono. De pronto, de detrás del templete la figura de Cristo resucitado con su corazón expuesto y llameante y los brazos abiertos comienza a ascender, las campanas parecen enloquecer, la pared de fondo decorada con nubes de algodón se ilumina, el momento es sobrecogedor: ¡Cristo resucitado está abriendo, invitando a todos a entrar con Él a la gloria! los files imprimen la nota apoteósica cantando: ¡Resucitó, resucitó, aleluya, aleluya…!

    Regreso a Guadalajara inundada de espíritu. Yo, como los tres evangelistas amanuenses, atestiguamos lo escrito. Porque vimos.

 Aída MonteónAída Monteón, tapatía por antonomasia, nace con una doble mixtura: un padre violinista y una madre amante de la ópera que, teniendo una voz excepcional, nunca se atrevió a cantar en público. Poeta, incursiona ahora en un género en el que parece sentirse muy cómoda: la crónica. Va la primera y asegura que no será la última en esta página.