Foto de E. Barrera/El Informador

Foto de E. Barrera/El Informador

El Mercado del Mar de Zapopan, a unas cuadras de la Basílica, se llena de vida durante la Cuaresma: un pedacito de la costa parece recrearse cada año en estas fechas, están ahí todos los que en escencia quisieron estar en la playa. Y el lugar tiene todo, absolutamente todo, menos precisamente la playa; pero, ¿a quién le importa?

 

 

 

 

Por David Izazaga

 

I. La multiplicación de los camiones

La cuaresma trae consigo el milagro de la multiplicación de los camiones cargados de pescados y mariscos que arriban al Mercado del Mar de Zapopan. En una época normal, digamos septiembre u octubre, no será tanto el tráfico que se viva, durante las madrugadas, en la zona de descarga de tiendas y bodegas del lugar. Pero justo unas semanas antes del miércoles de ceniza, la arribazón de las marejadas de camiones es notoria y la semana previa a los días santos las calles aledañas a las bodegas del mercado se saturan.

Es vigilia, la época en la que cada vez más por tradición que por convicción, la gente acude a los pescados y mariscos, como si al comerlos les llegase a su alma la purificación, como si sus pecados fueran a ser aminorados gracias a un coctel vuelve a la vida o a un guachinango al mojo de ajo. Como si hubiera quedado escrito en algún lugar de las santas escrituras que la comida venida del mar les fuese a dar el cielo a los hombres en la tierra.

Es así que los peces y mariscos serán “levantados” (dicho esto por seguir con el lenguaje propio de estas épocas) en algún lugar de la costa del Pacífico y subirán luego a tráileres y camiones que los transportarán cientos de kilómetros tierra adentro, sobre carreteras de peaje y llegarán por la madrugada, dispuestos a ser descargados en alguna de las bodegas del Mercado del Mar de Zapopan. Ahí estarán, bien muertos ya, pero -¡oh, paradojas de la vida!- frescos y dispuestos a que los engullan, por los siglos de los siglos.

II. En verdad os digo que el frío cala hasta los huesos

Juan es uno de los muchos que se pasean a diario por las bodegas del Mercado del Mar, desde muy temprano, con la intención de ganarse algunos pesos descargando la mercancía de los camiones a las bodegas o refrigeradores de las tiendas.

Aún no amanece y él ya camina hacia el mercado, por la avenida Parres Arias. En cualquier otra época del año no habría que tener tanta prisa, ni tantas expectativas, pero ahora sí, pues como son decenas y decenas de camiones los que llegarán, no faltará el que busque a un Juan para que ayude a bajar la fría mercancía.

Eso parece ser lo más complicado de la tarea: no el peso, ni siquiera el clásico olor a mariscos, sino el frío de las arpillas de plástico, el frío de las bolsas congeladas, el frío de los camiones refrigerados y el frío de las bodegas y congeladores donde se guardarán los frutos del mar.

El olor te lo aguantas y luego se te quita o te acostumbras. Pero el frío te quema y no te lo sacas, ni poniéndote al sol, porque cala hasta los huesos. Pero Juan -como los otros que como Juan se dedican a esto- sabe que no hay que quejarse, que hay que aprovechar esta época, la mejor del año junto con la de diciembre, dice. Porque luego de la marejada que trae a decenas de camiones cargados vendrá la época en la que de pronto sólo algunos, muy pocos, traerá la marea. Y es que, la gente come pescado en cuaresma y luego ya no, muy poco. Es como comer capirotada y no volverla a querer comer en todo el año, como la sidra en navidad… porque durante el transcurso del año la gente come carne y pollo y tacos y pozole, pero pescado muy poco, si acaso camarones en un día de fiesta. Para muchos la época para comer pescado y mariscos es durante la Cuaresma, la Semana Santa y luego ya, muy de vez en cuando. O sólo cuando van al mar. Y aquí, aunque huele a mar, no hay playa.

Pero hoy es época de mucho movimiento, calor en los pasillos del mercado, frío en los camiones y las bodegas y trabajo -no tanto como otros años (cada año dicen lo mismo)- mucho trabajo, justo cuando casi todo mundo tiene vacaciones.

Es, dicen, tiempo de “vacas gordas”. O al menos no tan flaquitas. Tiempo que hay que aprovechar, porque irremediablemente vendrá luego el tiempo de “pulpos flacos” en el que hay que buscarse otras formas de ganarse la vida.

III. Yo, mamá, quiero ser “viene-viene”

Si en cualquier parte de la ciudad aparecen, si hasta en el lugar más insospechado sacan la cabeza, ¿por qué en los alrededores del Mercado del Mar no tendrían que estar?

Quizá en agosto o septiembre sean dos o tres los que anden por aquí, pero ahora cual honguitos brotando con la primera lluvia, los hay en cada cuadra de los alrededores y más allá de este concurrido mercado. Ahí está el hombre de la franela, diciéndole al automovilista dónde estacionarse; más allá, un señor de sombrero aboga por un huequito en el que jura cabrá una Voyager y la señora que masca chicle ya mandó a uno de sus chiquillos a pedirle unas monedas a aquellos tipos que se ve que traen de sobra y ella misma les está diciendo ahora a otros que se acaban de estacionar que su auto estará seguro, que “aquí estaremos al pendiente, patrón”.

Y son plurifuncionales, porque cuidan, lavan, vigilan a la competencia y no habría duda al conjeturar que cuando uno de ellos toma su celular y habla por teléfono, esté llamando a la “franquicia” que tiene en algún otra parte de la ciudad.

Cuando parece que ya lo hemos visto todo, aquel tipo que usa su playera para llamar la atención sobre un lugar que recién se acaba de desocupar, justo frente a un restaurante, le dice a los que bajan y le “encargan” su auto: “miren amigos, aquí está el más bueno de los lugares para comer, yo les consigo un quince por ciento de descuento”.

Como van las cosas, llegará el día en que no haya necesidad de buscar estacionamiento para ir a la iglesia más cercana a que le pongan a uno la ceniza: la terminarán imponiendo los “viene-viene”.

IV. Y resucitar al tercer día, para volver a comer carne

¿Para qué ir a la playa si aquí hay todo? Bueno, casi todo: no hay playa, pero cierre los ojos, aspire y ciertamente huele como si allá, pasando la calle, estuviera el malecón. ¿Para qué queremos mar si ni nos hemos de meter? Y como se viste, la gente ayuda a la ambientación: ante el mucho calor, poca ropa, puro shorcito. En uno de los varios restaurantes que abundan en el Mercado del Mar, un grupo norteño toca y toca puros corridos de narcos. En las mesas no faltan las cubetas repletas de cervezas y por allá un pescado zarandeado y más allá un platón con ostiones y en la mayoría de las mesas cocteles de pulpo y camarón. La gente que no salió o no pudo o no quiso salir de vacaciones, está aquí. Si no está comiendo, es que anda comprando para comer en casa. Y en los pasillos, la competencia por el cliente es encarnizada (¡uy!, perdón, es vigilia, ¿podremos decir “enpescadada”?). Hay gritos (¡pásele, aquí está más barato!), coqueteos (¡pruebe nomás qué ceviche se hace con este pescado!) y hasta puesta en escena: se podría hacer un concurso del mejor montaje de los productos que venden, poco falta para que le pongan peluca y ojitos a ciertos pescados.

Hay también unas botargas de pescado y camarón que cual doctor Simi bailan aunque sin la gracia del consagrado galeno.

Y el ambiente, aquí, al menos hoy, es de fiesta. Aunque sean días de guardar. Pero los días de guardar para el Mercado del Mar ya llegarán las próximas semanas: se acaba la Cuaresma y la gente siempre volverá a tener en la mente cuando le dé hambre, unos tacos.

Y muy posiblemente no serán de pescado.

 

David Izazaga es coordinador de los Talleres de Crónica de la Librería José Luis Martínez del Fondo de Cultura Económica y catador de postres (tiene a los Garibaldis de El Globo, los Cup Cakes de Paulette y al Capricho de Marissa como a sus mejores postres del momento). Es escorpión con ascendente en Libra, no le gusta la sardina, ama el pulpo y, por supuesto, cree que el fin del mundo está siendo anunciado por medio de la multiplicación de los “viene-viene”.