Un momento antes de entrar al estadio Omnilife, el día de la inauguración de los Panamericanos, lo que más le importa a Juliana es recordar el mandato más importante: Sonríe y no te caigas. Sonríe y no te caigas; mandato más que difícil, cuando el vestido verde que a ella le tocó pesa como cuatro kilos…

Por MarieJo Delgadillo

 

“Guapísimas representantes panamericanas. Guapísimas”.

   Por los audífonos recubiertos de micropore, resuena la voz de Andrea, asistente y traductora de Jane, la coreógrafa que viene desde el land down under… Es decir, Australia. La adrenalina sube y baja por el torrente sanguíneo de las 42 representantes. Y los 160 marshalls. Y los casi 200 bailarines. Esos voluntarios anónimos…

   El mes de ensayos brutales, donde había hora de entrada pero no de salida, ha llegado a parte de su culminación. Parte, porque aún falta el cierre, y la inauguración y clausura de Para Panamericanos. Faltan otras semanas de alimentarse de Lonchibón y galletas Emperador en las tierras lejanas del Estadio Omnilife.

   Pero en ese momento, lo que le importa a Juliana es recordar el mandato más importante: Sonríe y no te caigas. Sonríe y no te caigas.

   El vestido, a ella le tocó verde, que pesa alrededor de cuatro kilos e incluye crinolinas, faldilla, cuero, corset, cinturón, torerita, sombrero y zapatos; quiere ser el orgullo de los heraldos. La gente que verá la Inauguración por televisión escuchará a los comentaristas decir que las muchachas representantes son “obras de arte”. El papá de Juliana, que resulta ser el mío también, se hinchará de orgullo de que su hija menor sea llamada obra de arte en televisión nacional, y a lo mejor internacional. Pero en el estadio, justo antes de salir, lo que Juliana escucha son los gritos de las 50 mil personas reunidas para “la Fiesta de América”. Y no sólo eso. En la cabeza de Juliana, además de la voz de Andrea, se escucha esa frase dicha hasta el cansancio: “Son 50 mil personas en vivo, y más de 200 mil espectadores desde sus casas”.

   Argentina comienza el desfile, por ser la primera sede de los Juegos Panamericanos; le sigue Antigua y Barbuda, Antillas Holandesas… Juliana debe esperar a veintiocho delegaciones antes de poder enfrentarse con el estadio monstruoso, las luces, los gritos y la parafernalia panamericana. Cuando, al fin, se anuncia a la delegación de Nicaragua, y Juliana da el primer paso hacia el conjunto de luces que es el estadio, siente el shock eléctrico, la adrenalina de ser vista sin saber por quién, ni como. “Sonríe y no te caigas, sonríe y no te caigas”…

   Vicente Fernández se equivocará en el Himno Nacional (aún cuando en la mañana aclaró que “él no iba a ser de esos que se equivocan en el Himno Nacional”) y Vázquez Raña en el número de edición de los juegos. Felipe Calderón, más viejo y triste que nunca -a pesar de ser aclamado-, terminará su discurso con un “dos mil… once” que parece estar atorado en su garganta y no querer salir nunca. Los deportistas perderán la cordura cuando Maná salga al escenario (esos momentos incomprensibles). Eugenia León cantará una canción que después haciendo un consenso general, mucha gente desearía que hubiera sido el himno panamericano. La Orquesta Filarmónica acompañará a Lila Downs y a dos cantantes de ópera de cuyos nombres no puedo acordarme. Habrá una locura de arneses, proyecciones, música. Nortec y los bailarines de hip hop vestidos de disfraz no identificado, sumados a las luces de los asistentes amaestrados serán llamados por muchas personas “lo mejor de la noche”; habrá un espectáculo de pintura tridimensional que, hasta ahora, no entiendo muy bien; Juanes saldrá vestido de blanco con mariposas semidesnudas y Alejandro Fernández cantará el “Himno Panamericano” junto a bailarinas de ballet con las zapatillas más doradas del mundo. Enriqueta Basilio y compañía pasarán la antorcha a una voladora Paola Espinoza, para encender el pebetero y los fuegos artificiales.

   Pero eso no sucederá para Juliana hasta que llegue a casa. Porque las representantes tuvieron que obedecer esa frase de “te vistes y te vas”. Y en camión. El glamour de hace minutos queda en el olvido y lo que Juliana más quiere es llegar a casa para ver la ceremonia.

   No, en realidad no quiere ver la ceremonia. Quiere llegar a casa para verse a ella misma en la televisión y entender qué tuvieron esos segundos de especial para el resto del mundo, lo especial para ella lo sabe muy bien, pero a las doce de la noche, después de buscar una repetición y encontrarla (en realidad están por todas partes) lo que busca es entender qué fue lo emocionante…

   Y no importará que la ceremonia se repita cada día por la siguente semana. Ella la verá mientras sea posible…

   Al final, tanto Lonchibón debe valer para algo.

MarieJo Delgadillo. Nació, como diría  Juan Villoro, bajo el único signo inorgánico del zodiaco; la balanza. A los siete meses dio sus primeros pasos, como regalo del día del padre, y desde ahí no ha parado de caminar; lo mismo sucedió con el habla: a los nueve meses -aunque su madre la contradiga diciendo que fue a los seis- y consecuentemente tampoco ha parado de hacerlo.

Si ha de tener constantes en su vida, se componen de dos cosas: la danza y las letras. Terminó la prepa en diciembre del 2009 y a partir de entonces está planeando qué hacer con el resto de su vida. Mientras, de vez en cuando escribe crónicas como esta.